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viernes, 30 de enero de 2015

La conjura de los necios




Capítulo I.

Asistimos en los últimos tiempos a lo que  viene siendo “la conjura de los necios”, aunque quizás fuese mejor referirse a ella, como “la conjura de los tontos necios”.
Ninguna aldea o pueblo de la geografía Española con categoría, debería carecer de iglesia (con cura fijo o itinerante), bar, tasca o taberna (con o sin ultramarinos), Guardia Civil (con o sin cuartel) y un “tonto necio” que fuese el hazme reír de la población (fuera esta grande o pequeña). Hasta los más jóvenes y vírgenes de pensamiento reconocen este axioma. También se reconoce como verdad absoluta que un “tonto necio” hace un ciento. Lo que supone que en ocasiones, el número de tontos por metro cuadrado varíe en función de la necesidad de tonterías que un colectivo determinado necesite.

Es tan popular este axioma, que hasta los mercaderes de grandes superficies lo han adoptado para atraer clientela. Lo han hecho del modo más congruente pues ellos saben que no hay “tonto necio” que se crea que realmente lo es. Son tales las estrategias mentales que el “tonto necio” ha construido en su tontería que finalmente el “tonto necio” se cree el más listo, el rey del mambo, el puto amo. A la llamada de los vendedores de tecnología “YO NO SOY TONTO”, cientos de miles de “tontos” asoman su nariz por estos establecimientos para beneficiarse de las mejores ofertas, pero sobre todo para hacer saber al mundo que ELLOS NO SON TONTOS.

El “tonto necio” es además una especie difícil de abordar. En su terreno (la tontería), es el mejor, nadie puede tener una conversación lógica con un “tonto”, sin salir trasquilado. Pero el “tonto necio” es aún peor. Recuerdo la ilustración que hacen los libros de la antigüedad refiriéndose al necio, y como no he encontrado mejores definiciones, os propongo la lectura de algunas de ellas: 

Capítulo 10 y siguientes del libro de los Proverbios de Salomón en versión de CASIODORO DE REINA (1569),   REVISADA POR CIPRIANO DE VALERA (1602)

10:1 El hijo sabio alegra al padre, Pero el hijo necio es tristeza de su madre.
10:8 El sabio de corazón recibirá los mandamientos; mas el necio de labios caerá
10:14 Los sabios guardan la sabiduría; mas la boca del necio es calamidad cercana.
10:18 El que encubre el odio es de labios mentirosos; Y el que propaga calumnia es necio.
10:21 Los labios del justo apacientan a muchos, mas los necios mueren por falta de entendimiento.
15:2 La lengua de los sabios adornará la sabiduría; mas la boca de los necios hablará sandeces.
15:7 La boca de los sabios esparce sabiduría; no así el corazón de los necios
26:3 El látigo para el caballo, el cabestro para el asno, y la vara para la espalda del necio.
26:4 Nunca respondas al necio de acuerdo con su necedad, para que no seas tú también como él.
26:5 Responde al necio como merece su necedad, para que no se estime sabio en su propia opinión.
26:6 Como el que se corta los pies y bebe su daño, así es el que envía recado por mano de un necio.
26:11 Como perro que vuelve a su vómito, así es el necio que repite su necedad.

La lectura de estos capítulos del libro de los proverbios de Salomón, no dejan duda alguna. Seguro que si observamos atentamente, leemos con detenimiento y escuchamos con atención, enseguida identificaremos al necio y al “tonto necio”
El anterior axioma, nos lleva a construir la teoría siguiente: “Un tonto necio” para cada casa y en cada casa un “tonto necio”. Este principio fundamental e indemostrable es tan verdadero y tan universal y tan asumible como cierto que podemos concluir que cada casa, cada familia (monoparental o no) tiene o puede tener en su interior un “tonto necio”.

Hace mucho que conozco una vieja organización que supuestamente se dedica a la defensa de los derechos de los trabajadores y trabajadoras, (entre otras de sus prolijas funciones), se trata de una organización sindical, un sindicato como vulgarmente se le denomina. 

En “los sindicatos” donde actúan miles de personas, no hay ni un solo “tonto necio”. Puede resultar curioso y chocante, seguro que todos lo habéis escuchado alguna vez “en los sindicatos, no hay ni un solo tonto”. Como toda generalidad tiene su excepción, yo imagino que las bases identifican como “tontos” a los que están en la cúspide de la pirámide, por sus mediocres negociaciones o lo extemporáneo de sus actuaciones o por la falta de esta o aquélla negociación o por cualquier causa incluso la causa incausada. Pudiera ser que para los dirigentes de “los sindicatos”, los “tontos”, son los que ocupan los puestos inferiores. Sea como fuere alguna excepción habrá de existir para que la norma se cumpla.

Desde hacía muchos años me rondaba esta idea por la cabeza y leyendo atentamente el libro de los proverbios de Salomón, había llegado a identificar decenas de “tontos necios” dentro y fuera de “los sindicatos” algunos de ellos disfrazados de trabajadores defensores de las libertades, de poetas, de músicos, de cantantes… (Cantamañanas), soldadores, profesores, sindicalistas, liberados… etc., pero oía con frecuencia esta sentencia: “en los sindicatos no hay ni un solo tonto”, otra sentencia frecuente: “aquí el más tonto hace relojes de madera”. Esto me llevó a una conclusión definitiva. Los “tontos” que hay en “los sindicatos” y fuera de ellos están todos camuflados de piel humana tan bien construida que es prácticamente imposible distinguir a los “tontos necios” del resto.

Tras años observando a tanto “tonto” junto, he descubierto la forma de distinguir al “tonto/a necio/a” del justo. Hay que estar muy atento porque el “tonto” casi nunca produce nada que valga la pena, nunca hace nada por los demás (salvo las gracietas de turno para granjearse el beneplácito de algunos). Nunca piensa, nunca escribe, no reflexiona, no estudia nada, no sabe responder a nada, lo pregunta todo miles de veces pero nada se le queda por falta de interés, siempre echa la culpa de sus deyecciones a los demás, todos son basura menos él, claro está, el tonto siembra el descontento y la incertidumbre, acusa a los demás, imputa acciones que el mismo lleva a cabo, es atrevido, insultante, mordaz. El “tonto” simplemente es “tonto” y ejerce de “tonto”. Si te fijas, si observas detenidamente, si no respondes a sus tonterías, el “tonto necio” se crece y cada vez profundiza más en sus inquinas y en sus fobias y es ahí cuando le pillas, No falla. Y es cuando te acordarás de lo que escribiría el sabio Salomón  Como perro que vuelve a su vómito, así es el necio que repite su necedad.

Un día, algún “tonto necio” cercano, le pide al más “tonto necio” del corral, que lidere la tontería, que se tire a la piscina, que se manifieste. El “tonto necio” por mantener su status quo y seguir ejerciendo de “tonto necio” sin trabajar durante muchos años de su vida laboral, ¡zas! escribe un panfleto de mierda lleno de insultos calumnias y mentiras y quienes están a su alrededor se quedan atónitos, no pueden dar crédito a lo que están asistiendo. Es la conjura del “tonto necio” que sale del armario, tantos años escondido bajo el manto de pelo laceo (cada vez menos eso sí, la edad no perdona), todo el mundo le creía un líder, EL LIDER. Y si embargo descubrimos con hondo pesar, que tanta salud y tanta insistencia, no podía ser otra cosa que la necedad personificada.

Que decepción, un LIDER “tonto necio”, que amargura, que sensación  soledad… pero el “tonto necio” entre berrido y berrido, escribe panfletos difamatorios con verdades a medias, infamias y calumnias, y poco a poco se crea un coro que le acompaña en sus giras, mientras los demás trabajan. Una poetisa frustrada, una antiguo partisano socialista aislado en la isla mínima con valor desechable, “tonto necio” donde los haya, un pequeño traidor acosador y su linda acosada. Con este ejército, el “tonto necio” no es consciente que ya nadie se ríe de sus tonterías, que nadie le sigue, nadie le contesta, nadie le da importancia alguna. Todos saben que el “tonto necio y sus secuaces” están muertos, tan solo falta el funeral. 

Si alguna vez identificas a un “tonto necio” ya sabes: responde al necio como merece su necedad, para que no se estime sabio en su propia opinión y después, apártate de él que no te lleve por sus caminos de tontería y necedad.

martes, 27 de septiembre de 2011

SE COLOCAN LAS LETRAS UNA TRAS OTRA


Se colocan las letras una tras otra y al hacerlo, siento que algo toca su fin. Se colocan las letras una tras otra como si conocieran su destino, como si tuvieran existencia propia. No sirve cualquier letra para darme cuenta de algo que termina, de algo que se acaba. No me gusta la cambria ni la calibrí ni la arial ni la verdana. Solo escribo con la book antiqua, con la book antiqua 12 y justificada. No sé porque me gusta justificarlo todo. Limpia, cuerpo 12 y justificada, la palabra me enseña el vacio que hay en el alma. La vida se acaba.
De otras vidas vividas me viene un especial recuerdo con olor a naftalina. La academia de mecanografía y taquigrafía de la calle Cardenal Landázuri.
El galopar ensordecedor de las viejas Underwood machacando sin cesar el sándwich de papel y calco. El tufo a disolvente utilizado en la limpieza de los tipos de las máquinas. La luz tenue de de las bombillas de incandescencia. El profesor en medio de la sala observando a cada alumno.
Era el taquígrafo de la Diputación, funcionario. Había montado en el salón de su casa un negocio para ocupar sus tardes y rentabilizar así la sabiduría acumulada a través de décadas de taquimecanógrafo.
Diez metros cuadrados de salón. Diez mesas con sus respectivas maquinas de escribir Underwood. Una vez sentados nadie se podía mover del sitio hasta finalizar la sesión de prácticas. Una hora golpeando aquéllas duras teclas, q w e r t. p o i u y. qwert poiuy. Asdfg ñlkjh. Zxcvb .,mnb. Y vuelta a empezar. Cada dedo una tecla, cada tecla una letra. Cientos de veces, miles de folios. Cuantos árboles caídos. Qwert poiuy qwert poiuy qwert poiuy qwert poiuy qwert poiuy.
Ocupó mi mente muchos días y muchas horas cada día qwert poiuy. No significaba nada pero tenía un sonido mágico un poder especial, daba la sensación de libertad de gozo, de placer. qwert poiuy. No sucedía lo mismo con Asdfg ñlkjh. Mis sensaciones eran justo contrarias a qwert poiuy y sin embargo todas eran palabras vacías y sin sentido alguno. Mientras colocaba el papel y el calcante en el tambor de la máquina sentía una cierta avidez por comenzar a golpear las viejas teclas de la Underwood. Ningún error, ni un solo fallo qwert poiuy. Era algo mágico, algo positivo.
A medida que el otoño penetra en mi piel dejándome un amargo sabor a depresión, asdfg ñlkjhg se hace presente en mi cerebro transportándome en el tiempo a la calle Cardenal Landázuri, a la umbría academia de taquimecanografía donde repito una y otra vez, asdfg ñlkjhg, asdfg ñlkjhg, asdfg ñlkjhg. Asdfg ñlkjhg de malos presagios, de mal fario, de algo que toca a su fin.

domingo, 17 de abril de 2011

Introspicêre


EL POLÍTICO DEL SEMÁFORO

Tras una noche en vela, desolado por los sinsabores que la vida me brinda, humillado por los acuerdos políticos que cada vez recortan más mi subsistencia inmediata y dejan al descubierto mi incierto futuro como jubilado en ciernes, irritado por los siete males que me aquejan, pude observar a través de la ventana que mira al norte de mi ruinosa habitación como el día despuntaba y se me antojaba triste y oscuro.

Con dificultad extrema dejé que mi tullido cuerpo rodase por la cama hasta lograr la vertical. Huesos, articulaciones, tendones y músculos crujieron como nunca lo habían hecho. Me asusté.

Invadió mi mente un pensamiento único. La realidad de los años. La realidad de la vida. Lo injusto del conocimiento. Recordé el pensamiento Socrático que me pareció más vacío que nunca. Nunca me gusto nada la “patética” herencia de Sócrates. ¿Sólo sé que no sé nada? Venga ya. Yo ni tan siquiera sé que solo sé que no sé nada.

Pero esto que denominamos realidad, es absoluta, irrefutable, ineludible, es definitiva. Tan solo necesitas un espejo y fijarte mínimamente en tus movimientos, cada vez más lentos, cada vez más torpes, más dolorosos. Yo me di cuenta ayer charlando con el político del semáforo.

Desde luego, la culpa siempre es de un político. Desconozco los motivos pero siempre tienen la culpa…

Nos encontramos en el semáforo frente a la estación de Matallana. ¡Qué bien te veo!, me espetó con entusiasmo inusitado. Me pareció que la proximidad de las elecciones municipales le había llevado a practicar la exageración, aunque conmigo no tenía que guardar fórmula protocolaria alguna. Nunca le voté, nunca le votaré. Su familia siempre fue de derechas y a él le dio por decir que era socialista. Era un bobalicón a medio cocinar. Como una empanada poco horneada y pálida de semblante.

En el colegio y en el Instituto era conocido como “el pavo”. Sea como fuere me desconcertó su comentario sobre mi aspecto, incluso me dio cierto ánimo, al fin y al cabo con mis 58 años recién cumplidos siempre viene bien que alguien de diga: en serio estás como siempre, no sé como lo haces. Mira yo que barrigón tengo.

Fuimos de banalidad en banalidad lo que nos llevó directos a la política municipal que el pavo venía practicando desde hace cuatro años como edil del ayuntamiento. Cada palabra quedaba congelada en el aire con aquéllos infumables 10 grados bajo cero como si de guirnaldas navideñas se tratase. Pronto deje de sentir las orejas y los dedos de manos y pies. El muy cabrón seguía construyendo argumentos sobre el carril bici, el transporte público y su empeño endemoniado en cambiar las calles de la ciudad de un sitio para otro.

Unos “chupiteles” de hielo formaban parte de mi poblado bigote. Sentí ganas de agarrarle por el cuello pero me pareció más práctico jurarme a mí mismo hacer una campaña electoral en el barrio para devolverle a los orígenes de su trabajo como factor de tren (con todo mi respeto a los factores).

Por el rabillo del ojo pude ver entre la niebla la luz verde del semáforo. Tenía 32 segundos para deshacerme del “pavo” y dejarle con la palabra en la boca. En la pantalla del semáforo iban cayendo los segundos hacia atrás. Cuando apenas quedaban cinco para que el verde se tornase en ámbar, tras un “hasta la vista” hostil, quise emprender una carrerilla para cruzar aquéllos 20 metros que me separaban del “otro lado”, pero mis piernas no respondieron. Un traspiés, un resbalón por la calzada helada y me fui de bruces contra el asfalto.

Pude oír, mientras aterrizaba con la cara en el gélido asfalto, un alarido generalizado de los peatones que como yo ansiaban llegar al otro lado de la calzada. ¿Se encuentra Vd. bien? ¿Necesita una ambulancia? ¿Quiere que avisemos a algún familiar?... Una sarta de letanías baratas tuve que oír hasta que pude recuperar la vertical. Una amable señora me ofreció un pañuelo bordado con un penetrante olor a Chanel 5.

Su cara delataba mi labio y mi nariz reventados por la caída. Sin pensármelo dos veces puse el pañuelo inmaculado sobre mi sangrienta cara. Pronto se cortó la hemorragia. Le pedí la dirección a la amable señora para enviarle el pañuelo tras un buen lavado y su correspondiente plancha.

Días más tarde envié a la amable señoritinga su pañuelo inmaculado junto con una orquídea de medio pelo que compré en unos grandes almacenes. En el dorso de la tarjeta, un texto lo más aséptico y agradecido que encontré: gracias por su gesto samaritano para con un mayor apurado. Gracias.

Aunque tengo por costumbre no contestar llamadas telefónicas cuyo número no tengo identificado, y pensando que se trataba de un pedido de libros pendiente, rompí mi regla telefónica y me apuré a contestar aquella llamada de las 5 de tarde: ¿si? Dígame.

Una sugerente voz femenina preguntaba si yo era Don Ramón Tabarrón. Aunque me pareció extraño que Feliciano Buendía, dueño de la librería, hubiese contratado una dependienta (que falta le hacía, todo hay que decirlo), bien creí que se trataba de una cosa así. Sí, si, soy Ramón, ¿ya tiene mi pedido listo para recoger?

Creo que hay un malentendido Don Ramón, soy Arselina Lozano, la que le ofreció el pañuelo la pasada semana. Quería darle las gracias por el detalle de la orquídea e interesarme por su estado. Me preguntaba si aceptaría tomar un café en la chocolatería los sauces de la Gran Vía.

Enmudecí, no sabía que contestar, no pude reaccionar. Antes de poder pensar con claridad, le contesté afirmativamente: de acuerdo Doña Arselina, espero que no sea ninguna molestia para usted. Quedamos para el día siguiente a las 18 horas.

Mi extrema puntualidad me llevó a la chocolatería unos 10 minutos antes de la cita. Me senté en una mesa frente a la puerta. Apenas recordaba el semblante de Doña Arselina Lozano cuestión que me provocaba cierto estado de irritabilidad.

Los diez minutos siguientes me parecieron una eternidad. Cada vez que una mujer accedía al local, me daba un vuelco el corazón. Yo esperaba a una mujer de cierta edad, dadivosa, caritativa, cristiana, bondadosa, de un aspecto bonachón envuelta en un largo abrigo de visón y con el pelo teñido de rubio.

Disculpe Vd. Don Ramón pero el tráfico está imposible. Sin duda era Doña Arselina el apestoso y penetrante Chanel 5 la delataba. Sin embargo, de no ser por el Chanel, nunca hubiera creído que aquélla bellísima mujer de unos 35 años, pelo negro, embutida en aquéllos vaqueros “desigual”, con una chupa de cuero rojo y unas botas camperas de piel de cocodrilo, pudiese llamarse Arselina Lozano.

Solemne, me puse en pié para ofrecerle la silla tras saludarla con un indiferente buenas tardes, y, sin pensarlo me colocó un beso en cada lado de la mejilla que sin saber porqué me ruborizé profundamente.

Se sentó y pedimos unas tazas de chocolate. Mientras me miraba pasó su mano por mis labios y nariz. Sonrió. Vaya ostia te pegaste el otro día Ramón, aunque la ostia me la llevé yo cuando recibí tu orquídea. ¿Cómo pudiste saber que era mi flor preferida? Sin apenas dejarme contestar que las rosas me habían parecido muy atrevidas para la ocasión, acercó su silla a la mía y me robo un interminable beso de tornillo con sabor a chocolate y unas trazas de carmín.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Introspicĕre.


LA PUERTA DE MI CASA.


Sinceramente, no sé el motivo pero nunca he sido capaz de cerrar la puerta de mi casa con l mano izquierda. Ni tan siquiera soy capaz de introducir la llave en el bombillo de la cerradura.

A primera vista se podría pensar que soy un inútil de mierda y que mi mano izquierda solo sirve para satisfacer las peores deyecciones personales. Nada más lejos de la realidad. Soy zurdo vocacional.

Desde mi nacimiento hasta el primer curso de bachillerato fui diestro. Siempre ocupaba los últimos pupitres de la clase para pasar desapercibido. Recuerdo el primer día de clase cuando los profesores hacen su entrada triunfal y se presentan ante el alumnado con la mayor petulancia posible dejando un tufillo a hueso duro de roer. Mi vida cambió cuando Diana, profesora de francés, irrumpió en la clase y en mi vida.

Recuerdo sus primeras palabras: “con tres faltas sin justificar, suspenso en junio”. Luego pasó lista. Todos contestaban, ¡ presente!. López Robles, dijo. Sin saber porqué me puse en pié, me quedé mirándola fijamente. Sin palabras, boquiabierto. Permanecí en esa posición una eternidad. Diana se acercó y me dijo al oído, gritándome: “o se sienta Vd. o le expulso de la clase”. No soporto a los chulos ni a los provocadores. Aún me tuvo que dar un empujón y caí directo en la silla, absorto, desencajado, vencido, estupefacto.

Mientras Diana seguía pasando lista, yo iba recuperando la compostura al tiempo que mi mano izquierda era guiada por las fuerzas del pecado a lo más hondo de mi bragueta. Dos toques con la mirada clavada en Diana, me produjeron una inmensa corrida. Pedí salir al baño.

Procedía de la misma forma en cada clase con Diana. Pude notar que solo conseguía el efecto deseado con la mano izquierda. Por recordar cada minuto de mi vida a Diana, aprendí a hacer todas las cosas con la mano izquierda. Escribía en dos idiomas con la izquierda, ataba los cordones de las botas con la mano izquierda, hacía el nudo de las corbatas con la izquierda, liaba los canutos con la izquierda, me limpiaba el culo con la izquierda, me apunté a un partido político de izquierdas. La izquierda era mi obsesión. Todo se lo debía a la existencia de Diana. A cambio, siempre suspendí francés. No hay peor cosa que amar a quien te hace daño.

En segundo de bachiller ya era un experimentado zurdo vocacional. Diana seguía siendo mi profesora de francés. También tenía pendiente el francés de primero. Cuatro horas a la semana. Cuatro pajas a la semana. Cuatro semanas al mes. ¡Cuánto esperma desperdiciado! Tenía tal destreza que a los 10 minutos de clase, se producía una catarsis colectiva y, como en fuente ovejuna, decían todos (Diana lo orquestaba) a una “López Robles, al baño”. Yo salía de la clase con la mano izquierda en el bolsillo izquierdo, conteniendo la corrida para que no traspasase el pantalón. En ocasiones tuve que repetir la operación hasta tres veces en la misma hora de clase.
De vez en cuando me sacaba al encerado para ridiculizarme delante de toda la clase. López, no escriba con la izquierda ¿no le han enseñado en su casa a corregir ese defecto? Diana me despreciaba como alumno y como persona. Sin embargo yo no sabía otra forma de expresarle mi adoración y mi amor, que brindándole cada una de mis masturbaciones, cada uno de mis espermatozoides. Sentía que era el regalo más íntimo y más personal que le podía hacer. Siempre vi a Diana como una diosa inalcanzable.

El 16 de mayo nos ofreció a los suspensos unas horas de recuperación los sábados por la mañana. Solo acudimos tres. El tercer sábado solo acudí yo. No sabía qué hacer, a solas, tan cercana. Su intenso olor a pachuli me invadía de tal modo que me quedé mirándola fijamente a los ojos durante una eternidad de 3 o 4 segundos. Lloré de amor. Tranquilo hombre que no te voy a comer, me dijo mientras me acarició suavemente la cabeza. Ella no sabía… Me corrí al instante. Le pedí ir al baño.

Al terminar la recuperación, salimos juntos del Instituto, caminamos juntos la calle principal. Me ofreció su amistad. La Acepté. La amé para siempre. Me suspendió otra vez en junio (la de segundo), pero a cambio me aprobó la de primero.

Lo que no puedo comprender es el motivo por el que no puedo abrir ni cerrar la puerta de mi casa con llave, con la mano izquierda.

lunes, 7 de junio de 2010

El octavo día del mes de junio del año 2010


Nadie hubiera podido imaginar…
"Nadie hubiera creído a principios del siglo XXI que la actividad sindical estaba siendo observada desde los finitos centros de trabajo de la tierra.
Nadie habría podido soñar que estábamos siendo estudiados como se examinan bajo un microscopio los organismos en una gota de agua. Pocos hombres admitían, incluso, la posibilidad de que los trabajadores aún creyesen en la existencia de los sindicatos y mucho menos de los sindicalistas-liberados. Sin embargo, a través del ojo que todo lo ve, mentes infinitamente superiores a las nuestras, dirigían su codiciosa mirada hasta las sedes de los sindicatos.
Corría el año 2010, a principios del mes de junio, en una diminuta ciudad del Reino de España, en la vieja Europa, con infinita complacencia, los funcionarios iban de un lado a otro por la ciudad ocupándose de sus pequeños asuntos, seguros de su dominio sobre la materia. Tal vez los microbios que vemos al microscopio hacen lo mismo. Nadie pensó que los hombres más antiguos de la ciudad pudieran ser fuente de peligro para la humanidad. Sólo pensamos en ellos para desechar la idea de que pudieran albergar esperanza de vida alguna después de una vida dedicada al trabajo, cobrando las pensiones.
Es extraño recordar los hábitos mentales de aquellos días. Cuando mucho, los funcionarios se imaginaban que los Gobiernos Central y Autonómico les harían alcanzar el cielo de las retribuciones y del bienestar social supremo, dispuestos exclusivamente a recibir emisarios gubernamentales portadores de buenas noticias relacionadas con las jubilaciones anticipadas, mejoras salariales, reducción de jornada, etc., en la ensoñación de todas estas cosas se debían a la buena voluntad de los Gobiernos y al reconocimiento del buen hacer individual.
Pero a través de las enormes distancias terrenales, unas mentes que son a las nuestras como las nuestras a las de las bestias, unos intelectos vastos, fríos y crueles: los GOBIERNOS, desprestigiaban a los SINDICATOS a través de mensajes subliminales, con armas neurológicas. Lenta pero inexorablemente, fraguaron planes de destrucción masiva contra los SINDICATOS.
La confusión se apoderó de la población, incluso dentro de los SINDICATOS se interiorizaban los mensajes Gubernamentales. En tales circunstancias, a principios del mes junio del año 2010 se produjo la gran revelación: un liberado sindical, funcionario, en plena convocatoria de huelga general, decide irse de vacaciones al continente africano, en busca del agua de la vida eterna sin importarle un pimiento las consecuencias que su decisión iba a desencadenar.
Un ejército hostil de funcionarios cuyos cerebros habían sido reducidos por las armas de destrucción masiva Gubernamentales invade las sedes de los sindicatos de la pequeña ciudad Europea en naves extrañas dotadas de armas con tecnología secreta arrojando insultos, amenazas, medias verdades, mentiras, descrédito y escupitajos verdes de destrucción total a los pocos sindicalistas que habían sobrevivido a los ataques del Gobierno.
Los que sobrevivieron a las primeras andanadas del ejército de funcionarios encolerizados, tuvieron que huir a desiertos remotos y montañas lejanas donde sufrieron escarnio, incomprensión y hambruna.
Mientras tanto el liberado sindical, asalariado por el Gobierno, campaba a sus anchas por el continente africano buscando el agua de la eterna juventud. A través del la TV satélite podía observar como la huelga convocada para el día 8 de ese mes de junio de año 2010, era tomada por el ejército encolerizado de funcionarios que no podían entender la existencia de los sindicatos y de los sindicalistas, que llevan a la huelga a los trabajadores mientras ellos se partían el culo de la risa viendo a los Connochaetes taurinus, mamífero herbívoro de cabeza maciza con cuernos curvados hacia adentro, patas delgadas y cola larga y peluda. Largas barbas colgando bajo la garganta y el cuello. Sobre los hombros, una crin negra. “descojonarse” hasta morir en su intento de encontrar el agua “de la eterna juventud” en el Masai Mara.
Cuando ya todo estaba perdido, un estruendo aterrador precedido de una luz cegadora, acaparó la atención de todos los habitantes de la pequeña ciudad Europea. Tras el estruendo y la cegadora luz, en el firmamento, una gran pantalla de neutrones de sodio entrelazado con isótopos de iodo, anuncia que el Gobierno Central decretará una reforma laboral sin precedentes, dejando a la clase trabajadora abandonada al capricho de los empresarios. El cielo se oscureció. El silencio invadió la ciudad. Tras unas horas de incertidumbre, el viejo herrero de la calle del pez chocho, golpeó con energía el yunque a la vez que gritaba: “rescatad de los desiertos remotos y las montañas lejanas a los SINDICALISTAS desterrados. Ellos nos dirán que hemos de hacer”.
Días después una gran huelga multitudinaria como nunca se había visto, devolvió a los trabajadores los derechos adquiridos por los procesos de negociación colectiva con los SINDICATOS.
Los SINDICATOS, recuperaron la credibilidad.
Los FUNCIONARIOS hostiles fueron reducidos hasta que recobraron la cordura.
El liberado sindical de vacaciones en África, lejos de encontrar el agua de la eterna juventud, fue devorado por una hiena manchada (Crocuta crocuta), que fue hallada muerta tras la ingesta del SINDICALISTA esquirol.
Cospedal tuvo que retirar las declaraciones: “Si los sindicatos no os representan, que nadie se angustie, que por ellos, lo hará el PP”

jueves, 24 de diciembre de 2009

Introspicĕre.


EN CASA DE FICHANO. CAPITULO II.
Aún puedo percibir en la pituitaria el olor a los campos de trigo recién segados. Puedo oler la comida campestre de Hortensia. Recuerdo el griterío de los niños en la era. La siesta bajo el destartalado carro y los ronquidos feroces de Rogelio, el padre de Fichano.

Los días en Grulleros transcurrían lenta y maravillosamente. A pesar de mi corta edad, enseguida comprendí la dura vida de Fichano y su familia.

Rogelio, con su voz de sargento chusquero, tocaba diana cada día a las 5 de la mañana. Sin rechistar, todos nos levantábamos como poseídos sin tener que esperar cola alguna en la puerta del baño que no había.

Fichano y yo, en camiseta de tirantes y calzoncillos salíamos al pilón y nos dábamos un rápido y superficial lavado de cara, más a modo de refresco que otra cosa. En los quince días que duró mi estancia en Grulleros tan solo uno, el de regreso a mi casa, tuvimos acceso al pilón, la manguera y el jabón.

A las 5,15 ya estábamos vestidos y preparados para la faena, reunidos en la cocina de Hortensia y sentados en torno a una mesa redonda con un mantel raido de hule. Aún se podían ver tímidamente emerger algunas rayas blancas entre el azul desvaído.

Hortensia servía un cuenco de sopas de ajo picantes con un huevo escalfado, a cada uno, acompañado de un vaso de vino tinto. Rogelio, de un tirón se metía el vaso de vino, dejando un “culin “que luego añadiría a las sopas en un intento de formar un poco de caldo para aligerar aquel pastel de sopa de ajo inmundo. Con una cuchara de madera y a una velocidad imposible dejaba limpio el tazón. Hortensia entonces, le servía un trozo de chorizo y tocino de las sobras del cocido del día anterior. Se lo vendimiaba de manera implacable. Al levantarse de la mesa, un gran eructo, una colleja a Fichano al que literalmente arrastraba hacia la puerta: ¡vamos gandul que comes más de lo que rindes!...

A mí me servía una taza de chocolate aguado hecho con una pastilla de chocolate revenido que solo sacaba en ocasiones, según me comentase Fichano, y un trozo de pan atrasado para mojar a modo de bizcocho, después del espectáculo lamentable que le monté el primer día que quiso meterme las sopas de ajo vía intravenosa.

Al eructo de Rogelio yo me levantaba de la mesa para evitar la colleja a la vez que me recorría un escalofrío por el cuerpo al ver el trato que Fichano recibía de su padre.

A las 5,30 de la mañana se preparaba el carro con las vacas, el trillo, la mula y los aperos de labranza. Rogelio a pié dirigiendo las vacas por el mortecino amanecer del día. Detrás Fichano con la mula. El traqueteo del carro me sumía en un duermevela mientras el sol iba apareciendo de entre la oscuridad casi imperceptiblemente.

Con una puntualidad espartana a las 6,15 de la mañana llegábamos a la era y daba comienzo una actividad frenética en la que participaban más de 20 personas. Yo me juntaba con otros niños y realizábamos tareas de avituallamiento. El botijo (la barrila), un receptáculo de madera que conservaba el agua muy fresca, yo no había visto un botijo de madera en toda mi corta vida. Las botas de vino con gaseosa, el rastrillo, las piedras para afilar las guadañas, el martillo de picar el filo… y un sinfín de cosas que te convertían en un “pinche” perfecto y trabajabas sin descanso hasta finalizar la jornada.

A las 11 de la mañana todo el mundo paraba a tomar las “once”. Navaja en mano, un trozo de chorizo con un zoquete de pan. Los niños tomábamos las “once” los últimos. Teníamos que repartir la comida y la bebida entre los trabajadores. ¡Chaval, la bota! ¡eh tú, la barrila que me seco!

Todo el mundo regresaba a su dura tarea a las 11,30. Entre esa hora y las 13.30 nuestro trabajo, el de los niños, se duplicaba. Culpable, el sol insoportable del mes de julio. Fichano nos acompañaba a un reguero de agua fresca y nosotros nos zambullíamos en el reguero como si de una gran piscina se tratase. Nos entreteníamos cogiendo berros para la ensalada que acompañaría la comida. Jamás volví a tomar unos berros tan sabrosos y tiernos como aquéllos.

Las mujeres llegaban a la era cargadas como mulas con la comida a las 13,30 horas. Cesaba toda actividad y alrededor de los carros, aprovechando las pocas sombras que había, Hortensia extendía un trozo de sábana vieja a modo de mantel sobre el que ponía dos cazuelas de barro, una con la sopa y otra con los garbanzos y el “compango”. Cada uno de nosotros hundía su cuchara en la sopa hasta agotarla. Unos tragos de agua o vino y atacábamos los garbanzos con el mismo ansia. Entretanto, hortensia preparaba la ensalada de berros añadiendo trozos de cebolla que le aportaban un sabor exquisito.

Debido al cansancio y al hambre, nadie pronunciaba palabra alguna durante la comida. Eso me recordaba a las comidas en mi casa, en silencio total, siempre a la misma hora, cada uno sentado en el mismo sitio “en su sitio”, nadie se atrevía a decir ni una palabra. Mi padre presidía la mesa con aquel rictus tan serio… parecía que siempre estaba enfadado. Pocas veces le vi sonreír.

Tras la comida, una siesta hasta las 3 de la tarde, debajo del carro, dentro del carro, junto a las vacas, cada cual donde podía resguardarse del sol de justicia de los campos del antiguo Reino de León. Apenas se oían los ronquidos de los agotados hombres y alguna risa que otra de algún niño que no lograba dormirse y se entretenía en alguna maldad.

La jornada terminaba a las 18,30. Legábamos a casa por encima de las siete de la tarde, rotos, adormecidos, en silencio. El sol nos despedía lentamente, suavemente. Recuerdo mi mirada fija en el horizonte, despidiendo la jornada con ganas, con nostalgia y con una enorme satisfacción de saberme útil a los demás. Me sentía como un jornalero con el deber cumplido, pleno, feliz, agotado.

Tras la cena a base de huevos fritos, que previamente habíamos de recoger en el pajar… a las 9,30 de la tarde, hortensia daba la orden imposible de trasgredir: Fichano, Mikel, a la cama que mañana hay que madrugar.

Yo dormía con Fichano en su misma cama. En la habitación, una cama una mesilla de noche destartalada, un armario con espejos en las puertas. El suelo de madera, las paredes de adobe pintadas con cal viva. Con una bombilla de 20W, casi en penumbra, nos acostábamos. Por mi parte de la cama, la ventana me mostraba una luna llena y un cielo estrellado. Yo me dormía soñando mis viajes inexistentes por las estrellas.

Pegado a mi espalda, en la estrecha cama, Fichano. Algo me susurraba al oído que no entendía. Cada vez se pegaba más a mí a la vez que hacía unos casi imperceptibles movimientos con su cuerpo. Noté algo duro sobre mi espalda, a la altura de coxis.

Poco a poco Fichano se apoderaba de mi cuerpo, sus susurros eran cada vez más extraños. Acercó mi mano a aquélla cosa pequeña, gorda, dura y mal oliente… Ahora sus jadeos tenían forma de palabras: tranquilo, mira las estrellas, no pasa nada, no hables, no te muevas… Comencé a asustarme por sus palabras, no por lo que mi mano sujetaba. Encendí la luz. Me di cuenta de que mi mano rodeaba la picha de Fichano. La Solté. Grité. Fichano me tapo la boca casi hasta asfixiarme.

Fichano le quitó importancia al incidente y me explicó cómo funcionaba aquélla cosa negra gorda y corta. Insistió que observase con atención lo que sucedería si frotaba aquélla horrorosa polla. Con asco puse toda la atención que la circunstancia me permitió. Fichano se la meneó, al correrse decía, ¿ves la fuente?, ¿la ves?. A mí no me hizo ni puta gracia. El resto de la noche y las siguientes noches, dormí en el suelo, envuelto en una manta a pesar de las promesas de Fichano de no volver a acercarse a mí.

Tarde tres años en darme cuenta que Fichano estuvo a punto de darme por el culo si me hubiese dejado. ¡Cosas de la vida!

Ese mismo verano, en el mes de agosto, habría cumplido diez años. En el vestuario de la piscina recordé la clase magistral de Fichano y me puse manos a la obra. De mi fuente no brotó nada, pero recuerdo un gusto impresionante. Repetí la operación cuatro veces seguidas. En los siguientes meses pude ver como de mi fuente también manaba aquél líquido pegajoso amarillento, y al hacerlo, me proporcionaba un enorme placer. En cierto modo entendí a Fichano.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Introspicĕre.



LA FAMILIA

Ese grupo de personas más o menos numeroso, nunca inferior a dos, que se adoran a la vez que se aborrecen, que se aman a la vez que se odian, que se idolatran a la vez que se detestan. Ese maravilloso grupo de personas unidas por la “sangre”, capaces de dar la vida el uno por el otro, todos por “el uno”, capaces de matar, de transgredir. Ese maravilloso grupo heterogéneo de personas unidas de forma casual, sin desearlo, sin posible elección previa, sin otra cosa que compartir excepto “la sangre”, a eso, algunos de mis amigos le llaman FAMILIA.

Casualmente yo también he tenido una. Hasta hace pocos años creí, que la mía, mi familia, era una familia normalita, del montón, con sus cositas y sus peculiaridades. Nada más alejado de la curda realidad.

Cierto es que todo en esta vida es relativo y uno siempre ES en la medida que la comparación te sitúe frente a otro semejante de su misma especie. También es cierto que la cultura, el tiempo y el lugar, definen aspectos del ser humano, en ocasiones, inenarrables e indescriptibles.

Recuerdo vagamente en un viaje turístico por Phnom Penh, capital de Camboya y el transcurrir maravilloso e incómodo del rio Mekong, que según he podido saber, nace en el Himalaya y desemboca en el Mar de China Meridional recorriendo 4.350 km, lo que lo convierte en el río más largo del sudeste de Asia.

En la segunda mitad de su trayecto sólo tiene que salvar un desnivel de 500 m. Sin embargo, en este segmento también se encuentran rápidos (en Camboya) y saltos o cascadas (en Laos) conocidos como Cascadas de Khone. Su caudal es superior al de cualquier otra catarata del mundo.

No podía dejar de pensar, mientras la barcaza atracaba en el destartalado puerto de Phnom Penh, de regreso de una ruta “turística” (Kompong Thom Siem Riep, Sway Sisophoan , Battambang , Pursat, Kompong Chinnan, Udon y Phnom Penh), en la que había sido presa fácil de los cientos de miles de mosquitos de especies diferentes, que, junto con una extraña alimentación autóctona, habían dejado mi frágil persona reducida a piles y huesos.

Pieles llenas de picaduras que se me antojaban como pequeños tumores tangentes dando a mi piel el aspecto de una mantelería de bodoques bordada a mano. No podía dejar de pensar en esa vida pasada llena de “comodidades” junto con eso que denominamos familia.

Imaginaba las suaves manos de mi madre aplicando por mi acribillada piel, cremas balsámicas, mientras me contaba viejas historias de su familia numerosa de 12 hermanos, situada en los años 30. Me contaba como tenían que apañárselas para conseguir comida, para calentarse, para vestirse. Viajaba por esas tribulaciones familiares olvidándome poco a poco de mi angustioso viaje de placer por el río Mekong, hasta casi dormirme con el arrullo de mis recuerdos.

La historia que mas me gustaba, sin duda alguna era la de mi abuela. Una historia con ciertas lagunas y claro oscuros que nunca mi madre supo aclararme en su totalidad y que me procuraban no pocos quebraderos de cabeza al no poder encajar todas las piezas de aquélla terrible y fantástica historia.

Mi abuela, “la morena”, mujer esbelta y guapísima procedía de una larga y tradicional familia, donde el honor, la lealtad y el compromiso solo podían sellarse con sangre.

En su juventud, se enamoró de mi abuelo que pronto la dejó embarazada, ¡el muy bribón!. El altar o la fuga eran las dos posibles alternativas de mi abuelo, que no me explico el motivo, pero prefirió optar por la fuga. No se fugó del todo, como nos pasa al común de los mortales, demostrando que era un romántico sentimental. Su escapada le llevó a la cuenca minera de Asturies donde se afincó hasta el final de sus días.

Mi abuelo, protagonizó en los meses siguientes a la fuga, algunos escarceos al domicilio familiar ya que era descendiente en primer grado de ferroviarios y disfrutaba del famoso kilométrico, un pase para viajar gratis en los trenes de la red nacional. Mi abuelo y la morena, procedían de pueblos cercanos del antiguo Reino de León.

Pronto fueron de dominio público los ires y venires del abuelo a su tierra natal. La morena dio a luz a una preciosa niña que resultaría ser mi madre. En los meses anteriores alumbramiento, ayudada por su hermanos, estuvo practicando tiro con arma corta frente a unos arbustos a las afueras del pueblo.

Uno de los hermanos de la morena, se hizo con una pistola y munición suficiente, con la que practicaban el tiro al blanco a las afueras del pueblo. La morena tenía una puntería prodigiosa y un especial sentido de la justicia a la vez que unos cojones del tres.

Corría el mes de junio de 1920. Mi madre ya tenía un mes de vida. Los hermanos de la morena, se enteraron que mi abuelo viajaba en el “vasco” desde Asturies con destino a su pueblo.

Mi abuela, la morena, tras desplazarse caminando varios kilómetros, se subió al vasco en una parada-apeadero en total soledad. Fue recorriendo los vagones del largo tren hasta encontrarse de frente con mi abuelo.

Esta es tu hija, le dijo, y quiero que la veas por primera y última vez. Esas o muy parecidas debieron ser las palabras pronunciadas por mi abuela antes de asestarle tres tiros en el pecho a bocajarro. ¡Qué güebos la morena!, ¡Que carácter!

Minutos más tarde, en la siguiente parada de tren, la morena fue detenida por la guardia civil a la vez que asistieron a mi abuelo de vida o muerte. Desangrándose.

Meses más tarde, mi abuela fue excarcelada, el abuelo “salvó” la vida de milagro. De lo que no se salvó fue de pasar por la vicaría y de tener otros once hijos más con la morena. Se amaron hasta el final. Mi familia cuenta que el abuelo jamás llevó la contraria a mi abuela. ¡el amor!...

Llegamos a Phnom Penh. Desperté de mis sueños. Un picor horriblemente doloroso recorría mi cuerpo. Me desmayé. Los dos últimos días de las felices vacaciones los pasé en el Calmette Hospital de Phnom Penh. Siempre recordaré a la familia como algo consustancial e indispensable para el ser humano, como algo necesario para sobrevivir. De no ser por mi familia quién sabe si mis días habrían terminado en Calmette Hospital.