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miércoles, 2 de marzo de 2011

La puerta de mi casa


LA PUERTA DE MI CASA.


Sinceramente, no sé el motivo pero nunca he sido capaz de cerrar la puerta de mi casa con l mano izquierda. Ni tan siquiera soy capaz de introducir la llave en el bombillo de la cerradura.

A primera vista se podría pensar que soy un inútil de mierda y que mi mano izquierda solo sirve para satisfacer las peores deyecciones personales. Nada más lejos de la realidad. Soy zurdo vocacional.
Desde mi nacimiento hasta el primer curso de bachillerato fui diestro. Siempre ocupaba los últimos pupitres de la clase para pasar desapercibido. Recuerdo el primer día de clase cuando los profesores hacen su entrada triunfal y se presentan ante el alumnado con la mayor petulancia posible dejando un tufillo a hueso duro de roer. Mi vida cambió cuando Diana, profesora de francés, irrumpió en la clase y en mi vida.
Recuerdo sus primeras palabras: “con tres faltas sin justificar, suspenso en junio”. Luego pasó lista. Todos contestaban, ¡ presente!. López Robles, dijo. Sin saber porqué me puse en pié, me quedé mirándola fijamente. Sin palabras, boquiabierto. Permanecí en esa posición una eternidad. Diana se acercó y me dijo al oído, gritándome: “o se sienta Vd. o le expulso de la clase”. No soporto a los chulos ni a los provocadores. Aún me tuvo que dar un empujón y caí directo en la silla, absorto, desencajado, vencido, estupefacto.
Mientras Diana seguía pasando lista, yo iba recuperando la compostura al tiempo que mi mano izquierda era guiada por las fuerzas del pecado a lo más hondo de mi bragueta. Dos toques con la mirada clavada en Diana, me produjeron una inmensa corrida. Pedí salir al baño.
Procedía de la misma forma en cada clase con Diana. Pude notar que solo conseguía el efecto deseado con la mano izquierda. Por recordar cada minuto de mi vida a Diana, aprendí a hacer todas las cosas con la mano izquierda. Escribía en dos idiomas con la izquierda, ataba los cordones de las botas con la mano izquierda, hacía el nudo de las corbatas con la izquierda, liaba los canutos con la izquierda, me limpiaba el culo con la izquierda, me apunté a un partido político de izquierdas. La izquierda era mi obsesión. Todo se lo debía a la existencia de Diana. A cambio, siempre suspendí francés. No hay peor cosa que amar a quien te hace daño.
En segundo de bachiller ya era un experimentado zurdo vocacional. Diana seguía siendo mi profesora de francés. También tenía pendiente el francés de primero. Cuatro horas a la semana. Cuatro pajas a la semana. Cuatro semanas al mes. ¡Cuánto esperma desperdiciado! Tenía tal destreza que a los 10 minutos de clase, se producía una catarsis colectiva y, como en fuente ovejuna, decían todos (Diana lo orquestaba) a una “López Robles, al baño”. Yo salía de la clase con la mano izquierda en el bolsillo izquierdo, conteniendo la corrida para que no traspasase el pantalón. En ocasiones tuve que repetir la operación hasta tres veces en la misma hora de clase.
De vez en cuando me sacaba al encerado para ridiculizarme delante de toda la clase. López, no escriba con la izquierda ¿no le han enseñado en su casa a corregir ese defecto? Diana me despreciaba como alumno y como persona. Sin embargo yo no sabía otra forma de expresarle mi adoración y mi amor, que brindándole cada una de mis masturbaciones, cada uno de mis espermatozoides. Sentía que era el regalo más íntimo y más personal que le podía hacer. Siempre vi a Diana como una diosa inalcanzable. 
El 16 de mayo nos ofreció a los suspensos unas horas de recuperación los sábados por la mañana. Solo acudimos tres. El tercer sábado solo acudí yo. No sabía qué hacer, a solas, tan cercana. Su intenso olor a pachuli me invadía de tal modo que me quedé mirándola fijamente a los ojos durante una eternidad de 3 o 4 segundos. Lloré de amor. Tranquilo hombre que no te voy a comer, me dijo mientras me acarició suavemente la cabeza. Ella no sabía… Me corrí al instante. Le pedí ir al baño.
Al terminar la recuperación, salimos juntos del Instituto, caminamos juntos la calle principal. Me ofreció su amistad. La Acepté. La amé para siempre. Me suspendió otra vez en junio (la de segundo), pero a cambio me aprobó la de primero.
Lo que no puedo comprender es el motivo por el que no puedo abrir ni cerrar la puerta de mi casa con llave, con la mano izquierda.

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