sábado, 8 de octubre de 2022

 

A propósito del cambio…

 Si hubiera un par de verdades dignas de reseñar, por las que todos hemos de pasar, me inclinaría por el CAMBIO y la MUERTE,

Por el cambio todos pasamos, desde que nacemos, hasta el ocaso. Por la muerte, ni te cuento.

Así pues, estas dos verdades, se convierten en los dos hechos democráticos por antonomasia. Cierto que se extienden por todo el planeta y cierto que afectan a todas las criaturas. Esa certeza, no deja de serlo por el hecho de que ambas dos verdades se produzcan a diferente ritmo y en tiempos desiguales.

El cambio, en las personas, va a su ritmo, me refiero al cambio físico.

Yo cantaba en el coro del instituto. A los 9 años mi voz de tiple I, me situaba cerca de Amanda. Nunca estuve tan cerca de ella. Su aliento movía mi melena pelirroja al tiempo que podía adivinar lo que había tomado para la merienda. Amanda era la deseada de todo el coro, pero solo yo podía notar el batir del aire que salía de sus pulmones.

Con 11 años, mi suerte cambió por completo. Comenzaban a salirme los primeros pelos en la cara y en el bigote, mi nariz chata (como la de mi madre) se tornó como por arte de magia, en una nariz aguileña como la de mi padre, no de gran tamaño, pero aguileña. Ese hecho me produjo un grave complejo que arrastré prácticamente hasta la mayoría de edad.

Mi voz cambió repentinamente. D. Adolfo, el director del coro, coloco mi voz al lado de los tenores. Solo chicos. Fui a caer justo al lado de mi mayor enemigo Juvenal Conde. Mis días de amor y gloria junto a Amanda se habían visto truncados para siempre, por un ligero cambio en mi voz.

Más tarde comenzaba a cambiar la forma de expresarme, mi temperamento, mis gustos por las chavalas, mis inquietudes sobre el futuro, sobre la opinión de los demás… mis primeras ideas políticas…

Por esa época estaba en un internado franquista, dirigido por gentes del OPUS DEI. Cierto que no sabíamos nada del OPUS, ni de casi nada. Solo sabíamos obedecer sin rechistar. Recuerdo meridianamente un hecho que me marcaría para siempre. En el comedor nos juntábamos más de trecientos chicos (no era mixto). La comida era un horror. En cada mesa, y siempre en el mismo orden, desayunábamos, almorzábamos y cenábamos, 24 internos. Fue una sopa de lentejas la que cambió mi vida para siempre. Las señoras que atendían el comedor eran muy tiernas con nosotros, nos advertían que deberíamos comer para que no fuéramos represaliados por los jefes de comedor. En cada mesa ponían 6 fuentes de sopa, para que cada 4, nos sirviésemos. Como protesta a aquella cena carcelaria, se me ocurrió romper el tenedor de postre y arrojarlo a la fuente de la sopa de lentejas. Mi compañero y amigo G. Benéitez, me acompañó en la gesta. Sin mediar palabra, los 24 de la mesa hicieron lo propio. Las señoras de cocina retiraron las fuentes para traer el segundo plato y enseguida se dieron cuenta de lo que pasaba. A la hora de abandonar el comedor, se acercó el director ordenando que nadie de nuestra mesa se levantase. Supimos entonces a lo que nos enfrentábamos.

Desalojado el comedor, solo quedábamos los 24 comensales de nuestra mesa. Silencio sepulcral, todos mirando a la mesa sin pestañear. De pronto una voz de mando: ¨solo lo repetiré una vez, quien es el responsable de esto ?¨ . Nada todo el mundo en silencio… de nuevo la voz: ¨estaremos aquí sentados y en silencio hasta que aparezca el responsable¨.

Entendí que debía ponerme en pie y asumir algo que jamás había indicado a nadie que hiciese. Entendí también que entre los chavales sobraban las palabras para protestar por algo. Igualmente entendí en ese preciso instante de mi vida, que yo era un líder innato.

Me puse en pie y dije: la comida de este sitio es una auténtica basura, que no estoy dispuesto a seguir comiendo, antes prefiero que me expulsen. Nadie se puso de mi lado, nadie fue sancionado. Me expulsaron. Supe que las comidas fueron algo mejores a partir de entonces.


A los 12 años, solo 12, mi vida cambió, descubrí que ya no era un mocoso caprichoso a quien sus padres llevaron a un internado, ahora era alguien dispuesto a dar la cara, a luchar por los demás. También fui consciente de que a veces dar la cara por los demás es muy duro, a sabiendas que los demás no están en disposición recíproca. Años más tarde, participé muy a fondo en las luchas sociales del país, en la política, en movimientos vecinales… en dar la cara…

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