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jueves, 24 de diciembre de 2009

En casa de Fichano II


EN CASA DE FICHANO. CAPITULO II.Aún puedo percibir en la pituitaria el olor a los campos de trigo recién segados. Puedo oler la comida campestre de Hortensia. Recuerdo el griterío de los niños en la era. La siesta bajo el destartalado carro y los ronquidos feroces de Rogelio, el padre de Fichano.
Los días en Grulleros transcurrían lenta y maravillosamente. A pesar de mi corta edad, enseguida comprendí la dura vida de Fichano y su familia.
Rogelio, con su voz de sargento chusquero, tocaba diana cada día a las 5 de la mañana. Sin rechistar, todos nos levantábamos como poseídos sin tener que esperar cola alguna en la puerta del baño que no había.
Fichano y yo, en camiseta de tirantes y calzoncillos salíamos al pilón y nos dábamos un rápido y superficial lavado de cara, más a modo de refresco que otra cosa. En los quince días que duró mi estancia en Grulleros tan solo uno, el de regreso a mi casa, tuvimos acceso al pilón, la manguera y el jabón.
A las 5,15 ya estábamos vestidos y preparados para la faena, reunidos en la cocina de Hortensia y sentados en torno a una mesa redonda con un mantel raido de hule. Aún se podían ver tímidamente emerger algunas rayas blancas entre el azul desvaído.
Hortensia servía un cuenco de sopas de ajo picantes con un huevo escalfado, a cada uno, acompañado de un vaso de vino tinto. Rogelio, de un tirón se metía el vaso de vino, dejando un “culin “que luego añadiría a las sopas en un intento de formar un poco de caldo para aligerar aquel pastel de sopa de ajo inmundo. Con una cuchara de madera y a una velocidad imposible dejaba limpio el tazón. Hortensia entonces, le servía un trozo de chorizo y tocino de las sobras del cocido del día anterior. Se lo vendimiaba de manera implacable. Al levantarse de la mesa, un gran eructo, una colleja a Fichano al que literalmente arrastraba hacia la puerta: ¡vamos gandul que comes más de lo que rindes!...
A mí me servía una taza de chocolate aguado hecho con una pastilla de chocolate revenido que solo sacaba en ocasiones, según me comentase Fichano, y un trozo de pan atrasado para mojar a modo de bizcocho, después del espectáculo lamentable que le monté el primer día que quiso meterme las sopas de ajo vía intravenosa.
Al eructo de Rogelio yo me levantaba de la mesa para evitar la colleja a la vez que me recorría un escalofrío por el cuerpo al ver el trato que Fichano recibía de su padre.
A las 5,30 de la mañana se preparaba el carro con las vacas, el trillo, la mula y los aperos de labranza. Rogelio a pié dirigiendo las vacas por el mortecino amanecer del día. Detrás Fichano con la mula. El traqueteo del carro me sumía en un duermevela mientras el sol iba apareciendo de entre la oscuridad casi imperceptiblemente.
Con una puntualidad espartana a las 6,15 de la mañana llegábamos a la era y daba comienzo una actividad frenética en la que participaban más de 20 personas. Yo me juntaba con otros niños y realizábamos tareas de avituallamiento. El botijo (la barrila), un receptáculo de madera que conservaba el agua muy fresca, yo no había visto un botijo de madera en toda mi corta vida. Las botas de vino con gaseosa, el rastrillo, las piedras para afilar las guadañas, el martillo de picar el filo… y un sinfín de cosas que te convertían en un “pinche” perfecto y trabajabas sin descanso hasta finalizar la jornada.
A las 11 de la mañana todo el mundo paraba a tomar las “once”. Navaja en mano, un trozo de chorizo con un zoquete de pan. Los niños tomábamos las “once” los últimos. Teníamos que repartir la comida y la bebida entre los trabajadores. ¡Chaval, la bota! ¡eh tú, la barrila que me seco!
Todo el mundo regresaba a su dura tarea a las 11,30. Entre esa hora y las 13.30 nuestro trabajo, el de los niños, se duplicaba. Culpable, el sol insoportable del mes de julio. Fichano nos acompañaba a un reguero de agua fresca y nosotros nos zambullíamos en el reguero como si de una gran piscina se tratase. Nos entreteníamos cogiendo berros para la ensalada que acompañaría la comida. Jamás volví a tomar unos berros tan sabrosos y tiernos como aquéllos.
Las mujeres llegaban a la era cargadas como mulas con la comida a las 13,30 horas. Cesaba toda actividad y alrededor de los carros, aprovechando las pocas sombras que había, Hortensia extendía un trozo de sábana vieja a modo de mantel sobre el que ponía dos cazuelas de barro, una con la sopa y otra con los garbanzos y el “compango”. Cada uno de nosotros hundía su cuchara en la sopa hasta agotarla. Unos tragos de agua o vino y atacábamos los garbanzos con el mismo ansia. Entretanto, hortensia preparaba la ensalada de berros añadiendo trozos de cebolla que le aportaban un sabor exquisito.
Debido al cansancio y al hambre, nadie pronunciaba palabra alguna durante la comida. Eso me recordaba a las comidas en mi casa, en silencio total, siempre a la misma hora, cada uno sentado en el mismo sitio “en su sitio”, nadie se atrevía a decir ni una palabra. Mi padre presidía la mesa con aquel rictus tan serio… parecía que siempre estaba enfadado. Pocas veces le vi sonreír.
Tras la comida, una siesta hasta las 3 de la tarde, debajo del carro, dentro del carro, junto a las vacas, cada cual donde podía resguardarse del sol de justicia de los campos del antiguo Reino de León. Apenas se oían los ronquidos de los agotados hombres y alguna risa que otra de algún niño que no lograba dormirse y se entretenía en alguna maldad.
La jornada terminaba a las 18,30. Legábamos a casa por encima de las siete de la tarde, rotos, adormecidos, en silencio. El sol nos despedía lentamente, suavemente. Recuerdo mi mirada fija en el horizonte, despidiendo la jornada con ganas, con nostalgia y con una enorme satisfacción de saberme útil a los demás. Me sentía como un jornalero con el deber cumplido, pleno, feliz, agotado.

Tras la cena a base de huevos fritos, que previamente habíamos de recoger en el pajar… a las 9,30 de la tarde, hortensia daba la orden imposible de trasgredir: Fichano, Mikel, a la cama que mañana hay que madrugar.
Yo dormía con Fichano en su misma cama. En la habitación, una cama una mesilla de noche destartalada, un armario con espejos en las puertas. El suelo de madera, las paredes de adobe pintadas con cal viva. Con una bombilla de 20W, casi en penumbra, nos acostábamos. Por mi parte de la cama, la ventana me mostraba una luna llena y un cielo estrellado. Yo me dormía soñando mis viajes inexistentes por las estrellas.
Pegado a mi espalda, en la estrecha cama, Fichano. Algo me susurraba al oído que no entendía. Cada vez se pegaba más a mí a la vez que hacía unos casi imperceptibles movimientos con su cuerpo. Noté algo duro sobre mi espalda, a la altura de coxis.
Poco a poco Fichano se apoderaba de mi cuerpo, sus susurros eran cada vez más extraños. Acercó mi mano a aquélla cosa pequeña, gorda, dura y mal oliente… Ahora sus jadeos tenían forma de palabras: tranquilo, mira las estrellas, no pasa nada, no hables, no te muevas… Comencé a asustarme por sus palabras, no por lo que mi mano sujetaba. Encendí la luz. Me di cuenta de que mi mano rodeaba la picha de Fichano. La Solté. Grité. Fichano me tapo la boca casi hasta asfixiarme.
Fichano le quitó importancia al incidente y me explicó cómo funcionaba aquélla cosa negra gorda y corta. Insistió que observase con atención lo que sucedería si frotaba aquélla horrorosa polla. Con asco puse toda la atención que la circunstancia me permitió. Fichano se la meneó, al correrse decía, ¿ves la fuente?, ¿la ves?. A mí no me hizo ni puta gracia. El resto de la noche y las siguientes noches, dormí en el suelo, envuelto en una manta a pesar de las promesas de Fichano de no volver a acercarse a mí.
Tarde tres años en darme cuenta que Fichano estuvo a punto de darme por el culo si me hubiese dejado. ¡Cosas de la vida!
Ese mismo verano, en el mes de agosto, habría cumplido diez años. En el vestuario de la piscina recordé la clase magistral de Fichano y me puse manos a la obra. De mi fuente no brotó nada, pero recuerdo un gusto impresionante. Repetí la operación cuatro veces seguidas. En los siguientes meses pude ver como de mi fuente también manaba aquél líquido pegajoso amarillento, y al hacerlo, me proporcionaba un enorme placer. En cierto modo entendí a Fichano.

1 comentario:

  1. cierto es en los hechos y en intención de ser descubierto.
    Los borrosos recuerdos de ese niño de asfalto que yo fu no me dejan escapatoria. Pero así fué lo que así ocurrió aunquen los tiempos no acompañasen...
    Pichano ha de aparecer en el relato con el nombre de fichano aunque creo que su nombre de plia era pajano.
    un abrazo

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