miércoles, 15 de agosto de 2018

SOLO O EN SOLEDAD



SOLO O EN SOLEDAD
 
La soledad tiene sus desventajas notables, al principio la disfrutas como algo excepcional, como si en realidad fuese la máxima expresión de libertad.

Tras beber varios sorbos de fría soledad, comienzas sin quererlo, a aislarte. Los que parecían tus amigos y familiares, no te echan de menos, no te esperan en sus mesas, no te llaman apenas, quizás un mensaje de vez en cuando. De esos mensajes que no sabes que contestar, la absurdez personificada. Vas siendo consciente que dejas de hablar, de hecho, la voz fluye cada vez con menos intensidad, apagada, con un tono mortecino.

Vas encontrando tu sitio en alguno de esos bares marginales en los que todo el mundo se conoce. Todos hablan con todos, se invitan, se abrazan, discuten, celebran no sé qué. Echas un vistazo panorámico a la precaria terraza donde te encuentras instalado con una botella de agua fría y te percatas que eres la única persona que está sentada sola. Una sensación de fatiga al principio. Una sensación de fracaso después. Una vida vivida, siempre rodeado de los problemas ajenos, siempre tratando de buscar soluciones a los demás.

Ahora en silencio, meditas sobre lo que has hecho mal para terminar de este modo.

Alguna vez suena el teléfono. Alguien quiere venderte algo, no contestas.

En ocasiones (raras), aún te sigue llamando alguien que tiene un problema laboral o personal y acude a ti ya desahuciada por el sistema. Le escuchas con atención, tratas de meter baza pero no es posible hasta que el interlocutor te ha vomitado toda su mierda. Casi siempre las frases suelen terminar con “¿Qué puedo hacer”? ¿podrías ayudarme? Es en ese momento, cuando más enmudezco. Si tendría mucho que decir sobre su problema, pero noto que ya no tengo ganas de que me sigan utilizando y respondo: “perdona, lo siento mucho, pero no está en mi mano…”, le saco directamente de mi directorio de contactos, sé que ya no volverá a llamarme.

A veces, sin quererlo oigo las conversaciones de las gentes en los bares donde paro y me surge aún el deseo de intervenir, a veces por la ira que me provocan, a veces por la ignorancia de los interlocutores, a veces porque se hace insoportable que las personas puedan pensar de ese modo. Pero no digo nada, nadie me pregunta nada.

He generado cierta expectativa entre los lugareños de la periferia donde me muevo, sé que les produce una intriga exacerbada no controlar a alguien que no socializa con nadie y se convierte en un misterio sin resolver.

Paso las horas y los días sin hablar con nadie, la soledad ha invadido también mi espacio vital, ni siquiera hablo solo. No leo, no escucho las noticias ni ojeo los periódicos. Noto día a día como me voy separando del mundo y no quiero. Voy sin fuerzas, sin ganas, sin ilusión. Gozo de la puta soledad que me mata.

La semana pasada deje caer un infundio sobre mi persona a un camarero que me preguntó si vivía en el barrio. Sí, le conteste, pero temporalmente espero. Ante tal intriga me pregunto si trabajaba por la zona. Entonces le dije que estaba destinado allí dado que se habían detectado movimientos importantes en plantaciones de cáñamo.

Policía, me dijo el camarero, Algo parecido, añadí con el ceño fruncido, dejando entrever que la cosa puede ser más seria que todo eso.

Ahora cuando llego a la terraza del bar y pido mi botella de agua, noto como las miradas de la gente se clavan como puñales en mi pecho y espalda. Se les nota un deseo irrefrenable de acribillarme a preguntas. Yo sigo en mi involución hacia la soledad más absoluta, sin desearlo. Espero que alguien me diga de una puta vez algo, lo que sea.

Lo más que se acercan a mi es para decirme algo que me pone malo: ¿están ocupadas esas sillas? ¿puedo llevarme dos? No tienen bastante con verme aislado, que también se ceban dejándome la mesa pelada. Y solo estamos la mesa, la silla, el agua y yo. Me hago fuerte, no obstante, y no me voy hasta que no se marcha hasta el camarero.

En ocasiones le envío un WhatsApp a algún antiguo amigo, familiar o conocido. Casi siempre tardan tanto en contestarme, que doy por perdida la pregunta y su posible respuesta.

El otro día me apunté a una red de citas en una APP que descargué al móvil. Puesto que podía elegir con quién hablar, elegí mujeres de 40 a 50 años. Empezaron a salirme fotos de personas y sus perfiles de mentira que aluciné.

Contacté con una mujer que me pareció una mujer magnífica. Esmeralda, 52 años, en busca de una relación. Le puse un mensaje. “Estimada señora, he visto su anuncio de Vd., en esta red de contactos, ¿le parecería bien que charlásemos sobre algún tema de su interés? Le agradezco de antemano su paciencia en leer este mensaje. PD.: perdóneme si la he importunado”.

Unos segundos después recibo su respuesta: “lo siento, no sé de donde de has escapado con semejante lenguaje, pero si me mandas una foto, ya me pienso si hablamos o no”. Le mandé un selfie que me hice de inmediato en el bar.

Esmeralda respondió de inmediato: “lo siento, creo que eres demasiado para mí y por ello opino que no debemos gastar el tiempo en conversaciones inútiles”. Traté de convencerla de que nadie es más ni menos que nadie. Que el físico nos vino dado por la genética, pero que las personas evolucionamos y nos hacemos a nosotros mismos y toda esa verborrea que se suelta en situaciones como esta. No obtuve respuesta alguna.

Volví a mi soledad, más solo que nunca. Miré a mi alrededor y vi personas más viejas y más cutres que yo, más feas si cabe, acompañadas de unas señoras imponentes. Sin embargo, para mí no queda nadie.

Al borde de la depresión y la desesperación, dirigí mis pasos hacia mi casa. Por la cabeza me pasaron cosas horribles fuera de todo control. El móvil me envía un aviso: “tienes un mensaje de esmeralda52”. Inmediatamente entro en la aplicación de contactos en la red y leo atentamente: “si quieres conocerme podemos quedar en el bar de la esperanza a las 8 de la tarde hoy mismo, pero sigo pensando que eres mucho hombre para mí”.

Sin pensarlo, contesté: “allí estaré sin falta señora mía”.


Me fui a la ducha, me acicalé lo mejor que pude, recordé un perfume que hacía mucho tiempo que no usaba, me rocié la cara. Me vestí informal para pasar más desapercibido y salí zumbando a la cita. Por fin podría romper ese silencio que me devoraba.

Tanto me aceleré que llegué media hora antes de lo previsto. En la terraza del bar, nadie. Entré al bar que estaba completamente vacío y le pedí al camarero que por favor me llevase a la terraza una tónica muy fría con un chorrito de ginebra.

Ocupé una mesa estratégicamente ya que Esmeralda52 no me había enviado su foto actual y cualquiera se fía de las fotos que se ven en la red…

Pasadas las 8 de la tarde, casi quince minutos, llega una mujer con un extraño caminar. Muy bajita, va directa a mi mesa y me dice hola soy Esmeralda. Se me iluminaron los ojos y por fin rompí mi silencio. Buenas tardes le dije mientras le ofrecía la silla para que se sentara.

Por la emoción, tardé unos minutos en darme cuenta que esmeralda era enana con bastante deformidad en brazos y piernas. Pero tenía una sonrisa estupenda y una conversación ágil, sarcástica e inteligente.

Nos fuimos enfrascando en las palabras y dejamos aparte nuestros cuerpos. Todo iba de maravilla. Estábamos por la tercera consumición, casi las 11 de la noche cuando de pronto esmeralda me pregunta si tenía intenciones de casarme, por supuesto con ella.

Se me hizo un nudo en la garganta. No supe responder a esa trágica pregunta. Entonces me dijo que no estaba para perder el tiempo pelando la hebra con nadie, si quería casarme que se lo hiciese saber, ya sabía ella que yo era demasiado para ella. Se levantó (por decir algo) y se fue caminando a duras penas hasta un viejo coche que había aparcado metros atrás del bar.

Enmudecí, quizás para siempre, no sé. Ahora aquí sigo, disfrutando de nuevo de esta puta soledad que mata.

jueves, 8 de febrero de 2018

A FIN DE CUENTAS



A  FIN DE CUENTAS 
 
llevamos casi 17 años juntos. ¿quién podría imaginarlo? Recuerdo que ella andaba deambulando por las calles cuando solo contaba con un mes o dos de vida. Nos miramos detenidamente. Le tendí la mano y la acepto gustosa.

Cerca, al lado de los cubos de la basura se agolpaban cientos de cajas de cartón de los comercios cercanos. Monté como pude una de las cajas pequeñas y se la ofrecí como refugio. Entró sin dilación. Esperé un tiempo a que saliera de la caja, pero no salió. Volvimos a mirarnos fijamente, y me la llevé a casa.

Al llegar a casa, salió de la caja y en cuestión de días, se hizo con los mandos. Pronto cumplirá 17. 

Nos conocemos al dedillo. Sin quererlo, llevamos una rutina milimétrica. Durante un tiempo no fui consciente de ello, pero ahora le ofrezco cada día conscientemente, unas pautas de rutina tales, que hasta ella intenta saltárselas de cuando en cuando.

Al levantarme, voy elevando las persianas para que la luz cubra todos los espacios de la casa. Abro las ventanas para ventilar, pero ella no aparece en escena hasta que oye cómo manipulo un paquete de golosinas. Entonces me persigue por toda la casa, pero al girar el pasillo, ella toma la delantera y se sitúa en el mismo sitio de cada día, en la misma posición, a la misma hora, mirando al oeste. En ese instante le invito a unas golosinas. Se las come en un santiamén.

Acto seguido, le sirvo una taza de agua fría (del frigorífico, como le gusta a ella). Se la toma y luego se va a dormir el resto de la mañana. Hasta medio día, voy varias veces a ver si tiene ganas de levantarse. No se levanta nunca antes de las 3 de la tarde. A esa hora le ofrezco agua fría, bebe. Enseguida se cambia de habitación y se deja caer en el sofá del salón, donde el sol está presente hasta su puesta. Le tocas la cabeza y está ardiendo. Creo que absorbe toda la energía del sol. Cualquier día se terminará abrasando.

Cuando oscurece, bajo las persianas de la casa y enciendo las luces del salón. Me mira fijamente. No le hago caso. Entonces me pide que le ponga la televisión, y lo hace de una manera tan insistente, que es imposible no obedecer.

A las 8 de la tarde, cena. No le gusta cenar dos días seguidos la misma cosa, así que tengo que ir alternando con agenda en mano para no repetirme. Cuando me olvido y repito, me deja toda la cena en el plato. Le explico que no me gusta nada su actitud. Me escucha con atención, pero se da media vuelta y ni siquiera prueba bocado.

Si tengo que salir de viaje, se lo huele un par de días antes. Se lo noto, porque cambia de rutina, está más pendiente, mas controladora. Al final se lo digo: “mañana y pasado no voy a estar en casa”. Ella ya lo sabía. Se resigna.

Los días que yo no estoy, Yolanda viene unas horas al día para ocuparse de ella. No se soportan, no se ven, no se dicen ni mu. No porque Yolanda no se esmere y procure empatizar con ella, no. Sencillamente no se ven. Si no estoy yo, pasa de la gente.

Cuando regreso de viaje, me huye, me recrimina que me haya ido, Si son más de dos días, el cabreo le dura bastante más.

Así es Tini mi gatina.

miércoles, 7 de febrero de 2018

PEQUEÑAS COSAS DE LA VIDA



PEQUEÑAS COSAS DE LA VIDA 
Como esas pequeñas e insignificantes cosas capaces de cambiarte la vida en un segundo.

Como ese patinazo que das por una calle helada, que estás a punto de caer y no caes.

Como esa serosidad casi seca, que se pega a la fosa nasal y que intentas sacar y no sale.

Como ese décimo de lotería, tienes todos los números menos el último y no te toca nada.

Como ese móvil de 1000€ que se queda sin batería cuando más lo necesitas.

Como esa copia de seguridad en la nube, que nunca sabes qué hacer con ella o no funciona.

Como esas ganas imperiosas de mear, cuando por fin encuentras sitio adecuado, no meas.

Como esas lágrimas del corazón roto que no son capaces de brotar por los ojos.

Como agua en una cesta.

Como esas pequeñas e insignificantes cosas capaces de cambiarte la vida en un segundo, así eres tú. Pasaste apenas sin darme cuenta de ser el “TODO” en mi vida, a ser el “CASI”. Si, ese casi que se convierte golpe a golpe, en NADA.

Siempre me gustó la imperfección perfecta, la celulitis donde tiene que estar, la arruga bien dibujada y abundante, el pelo atornasolado con los matices blancos, las cejas a lo Frida Kahlo, el pecho más hacia abajo que hacia arriba, el sexo a flor de piel, el orgullo alto, la inteligencia suprema, la sonrisa permanente, la disposición para la aventura… y todas esas mil imperfecciones que hacen de ti, alguien perfecta.

Hoy querida mía, eres el “CASI” infinito, ese CASI que no es nada. Habría deseado que al menos durante un tiempo, hubieras sido el “CASI” que lo es todo, como ese momento en el que vas a embarcar en el avión para hacer el viaje de tu vida, y, CASI lo pierdes, pero por los pelos embarcaste. Quien CASI no se queda embarazada, pero fue una falsa alarma y tuvimos dos hijos. Quien CASI no me besa, pero los duendes pasaron cerca y me diste el beso de los besos. Quien estuvo a punto de negarme su amor y su corazón, y, CASI das el paso, pero al final me amaste. Ese “CASI”, que lo es TODO, es el que me hubiera gustado tener conservar por los tiempos.

Sin embargo, ahora eres para mí como ese momento en el que vas a embarcar en el avión para hacer el viaje de tu vida, y, CASI embarcas, pero llegaste tarde. Eres quien CASI se quedó embarazada, pero fue una falsa alarma. Eres quien CASI me besa, pero las prisas y el momento no lo permitieron. Eres quien estuvo a punto de entregarme su amor y su corazón, CASI das el paso, pero nunca lo hiciste.

Con el tiempo, las personas pasamos de ser una “opción” para alguien a ser sencillamente invisibles para todos. Aunque si tengo que preferir, prefiero ser invisible, que ser una opción. Si alguien desea optar a ti, debes retirarte inmediatamente o corres el peligro de no ser elegido entre las diferentes opciones que maneja la otra persona. Ser una opción es una mala jugada. Si no abandonas con rapidez, puedes quedarte atrapado en un limbo de continuas mentiras, verdades a medias, y amoríos compartidos.

Tú eres como esas pequeñas e insignificantes cosas capaces de cambiarte la vida en un segundo. Eres odio donde hubo amor.