miércoles, 2 de marzo de 2011

La puerta de mi casa


LA PUERTA DE MI CASA.


Sinceramente, no sé el motivo pero nunca he sido capaz de cerrar la puerta de mi casa con l mano izquierda. Ni tan siquiera soy capaz de introducir la llave en el bombillo de la cerradura.

A primera vista se podría pensar que soy un inútil de mierda y que mi mano izquierda solo sirve para satisfacer las peores deyecciones personales. Nada más lejos de la realidad. Soy zurdo vocacional.
Desde mi nacimiento hasta el primer curso de bachillerato fui diestro. Siempre ocupaba los últimos pupitres de la clase para pasar desapercibido. Recuerdo el primer día de clase cuando los profesores hacen su entrada triunfal y se presentan ante el alumnado con la mayor petulancia posible dejando un tufillo a hueso duro de roer. Mi vida cambió cuando Diana, profesora de francés, irrumpió en la clase y en mi vida.
Recuerdo sus primeras palabras: “con tres faltas sin justificar, suspenso en junio”. Luego pasó lista. Todos contestaban, ¡ presente!. López Robles, dijo. Sin saber porqué me puse en pié, me quedé mirándola fijamente. Sin palabras, boquiabierto. Permanecí en esa posición una eternidad. Diana se acercó y me dijo al oído, gritándome: “o se sienta Vd. o le expulso de la clase”. No soporto a los chulos ni a los provocadores. Aún me tuvo que dar un empujón y caí directo en la silla, absorto, desencajado, vencido, estupefacto.
Mientras Diana seguía pasando lista, yo iba recuperando la compostura al tiempo que mi mano izquierda era guiada por las fuerzas del pecado a lo más hondo de mi bragueta. Dos toques con la mirada clavada en Diana, me produjeron una inmensa corrida. Pedí salir al baño.
Procedía de la misma forma en cada clase con Diana. Pude notar que solo conseguía el efecto deseado con la mano izquierda. Por recordar cada minuto de mi vida a Diana, aprendí a hacer todas las cosas con la mano izquierda. Escribía en dos idiomas con la izquierda, ataba los cordones de las botas con la mano izquierda, hacía el nudo de las corbatas con la izquierda, liaba los canutos con la izquierda, me limpiaba el culo con la izquierda, me apunté a un partido político de izquierdas. La izquierda era mi obsesión. Todo se lo debía a la existencia de Diana. A cambio, siempre suspendí francés. No hay peor cosa que amar a quien te hace daño.
En segundo de bachiller ya era un experimentado zurdo vocacional. Diana seguía siendo mi profesora de francés. También tenía pendiente el francés de primero. Cuatro horas a la semana. Cuatro pajas a la semana. Cuatro semanas al mes. ¡Cuánto esperma desperdiciado! Tenía tal destreza que a los 10 minutos de clase, se producía una catarsis colectiva y, como en fuente ovejuna, decían todos (Diana lo orquestaba) a una “López Robles, al baño”. Yo salía de la clase con la mano izquierda en el bolsillo izquierdo, conteniendo la corrida para que no traspasase el pantalón. En ocasiones tuve que repetir la operación hasta tres veces en la misma hora de clase.
De vez en cuando me sacaba al encerado para ridiculizarme delante de toda la clase. López, no escriba con la izquierda ¿no le han enseñado en su casa a corregir ese defecto? Diana me despreciaba como alumno y como persona. Sin embargo yo no sabía otra forma de expresarle mi adoración y mi amor, que brindándole cada una de mis masturbaciones, cada uno de mis espermatozoides. Sentía que era el regalo más íntimo y más personal que le podía hacer. Siempre vi a Diana como una diosa inalcanzable. 
El 16 de mayo nos ofreció a los suspensos unas horas de recuperación los sábados por la mañana. Solo acudimos tres. El tercer sábado solo acudí yo. No sabía qué hacer, a solas, tan cercana. Su intenso olor a pachuli me invadía de tal modo que me quedé mirándola fijamente a los ojos durante una eternidad de 3 o 4 segundos. Lloré de amor. Tranquilo hombre que no te voy a comer, me dijo mientras me acarició suavemente la cabeza. Ella no sabía… Me corrí al instante. Le pedí ir al baño.
Al terminar la recuperación, salimos juntos del Instituto, caminamos juntos la calle principal. Me ofreció su amistad. La Acepté. La amé para siempre. Me suspendió otra vez en junio (la de segundo), pero a cambio me aprobó la de primero.
Lo que no puedo comprender es el motivo por el que no puedo abrir ni cerrar la puerta de mi casa con llave, con la mano izquierda.

lunes, 7 de junio de 2010

El octavo día del mes de junio del año 2010

EL OCTAVO DÍA DEL MES DE JULIO

Nadie hubiera podido imaginar…
"Nadie hubiera creído a principios del siglo XXI que la actividad sindical estaba siendo observada desde los finitos centros de trabajo de la tierra.
Nadie habría podido soñar que estábamos siendo estudiados como se examinan bajo un microscopio los organismos en una gota de agua. Pocos hombres admitían, incluso, la posibilidad de que los trabajadores aún creyesen en la existencia de los sindicatos y mucho menos de los sindicalistas-liberados. Sin embargo, a través del ojo que todo lo ve, mentes infinitamente superiores a las nuestras, dirigían su codiciosa mirada hasta las sedes de los sindicatos.
Corría el año 2010, a principios del mes de junio, en una diminuta ciudad del Reino de España, en la vieja Europa, con infinita complacencia, los funcionarios iban de un lado a otro por la ciudad ocupándose de sus pequeños asuntos, seguros de su dominio sobre la materia. Tal vez los microbios que vemos al microscopio hacen lo mismo. Nadie pensó que los hombres más antiguos de la ciudad pudieran ser fuente de peligro para la humanidad. Sólo pensamos en ellos para desechar la idea de que pudieran albergar esperanza de vida alguna después de una vida dedicada al trabajo, cobrando las pensiones.
Es extraño recordar los hábitos mentales de aquellos días. Cuando mucho, los funcionarios se imaginaban que los Gobiernos Central y Autonómico les harían alcanzar el cielo de las retribuciones y del bienestar social supremo, dispuestos exclusivamente a recibir emisarios gubernamentales portadores de buenas noticias relacionadas con las jubilaciones anticipadas, mejoras salariales, reducción de jornada, etc., en la ensoñación de todas estas cosas se debían a la buena voluntad de los Gobiernos y al reconocimiento del buen hacer individual.
Pero a través de las enormes distancias terrenales, unas mentes que son a las nuestras como las nuestras a las de las bestias, unos intelectos vastos, fríos y crueles: los GOBIERNOS, desprestigiaban a los SINDICATOS a través de mensajes subliminales, con armas neurológicas. Lenta pero inexorablemente, fraguaron planes de destrucción masiva contra los SINDICATOS.
La confusión se apoderó de la población, incluso dentro de los SINDICATOS se interiorizaban los mensajes Gubernamentales. En tales circunstancias, a principios del mes junio del año 2010 se produjo la gran revelación: un liberado sindical, funcionario, en plena convocatoria de huelga general, decide irse de vacaciones al continente africano, en busca del agua de la vida eterna sin importarle un pimiento las consecuencias que su decisión iba a desencadenar.
Un ejército hostil de funcionarios cuyos cerebros habían sido reducidos por las armas de destrucción masiva Gubernamentales invade las sedes de los sindicatos de la pequeña ciudad Europea en naves extrañas dotadas de armas con tecnología secreta arrojando insultos, amenazas, medias verdades, mentiras, descrédito y escupitajos verdes de destrucción total a los pocos sindicalistas que habían sobrevivido a los ataques del Gobierno.
Los que sobrevivieron a las primeras andanadas del ejército de funcionarios encolerizados, tuvieron que huir a desiertos remotos y montañas lejanas donde sufrieron escarnio, incomprensión y hambruna.
Mientras tanto el liberado sindical, asalariado por el Gobierno, campaba a sus anchas por el continente africano buscando el agua de la eterna juventud. A través del la TV satélite podía observar como la huelga convocada para el día 8 de ese mes de junio de año 2010, era tomada por el ejército encolerizado de funcionarios que no podían entender la existencia de los sindicatos y de los sindicalistas, que llevan a la huelga a los trabajadores mientras ellos se partían el culo de la risa viendo a los Connochaetes taurinus, mamífero herbívoro de cabeza maciza con cuernos curvados hacia adentro, patas delgadas y cola larga y peluda. Largas barbas colgando bajo la garganta y el cuello. Sobre los hombros, una crin negra. “descojonarse” hasta morir en su intento de encontrar el agua “de la eterna juventud” en el Masai Mara.
Cuando ya todo estaba perdido, un estruendo aterrador precedido de una luz cegadora, acaparó la atención de todos los habitantes de la pequeña ciudad Europea. Tras el estruendo y la cegadora luz, en el firmamento, una gran pantalla de neutrones de sodio entrelazado con isótopos de iodo, anuncia que el Gobierno Central decretará una reforma laboral sin precedentes, dejando a la clase trabajadora abandonada al capricho de los empresarios. El cielo se oscureció. El silencio invadió la ciudad. Tras unas horas de incertidumbre, el viejo herrero de la calle del pez chocho, golpeó con energía el yunque a la vez que gritaba: “rescatad de los desiertos remotos y las montañas lejanas a los SINDICALISTAS desterrados. Ellos nos dirán que hemos de hacer”.
Días después una gran huelga multitudinaria como nunca se había visto, devolvió a los trabajadores los derechos adquiridos por los procesos de negociación colectiva con los SINDICATOS.
Los SINDICATOS, recuperaron la credibilidad.
Los FUNCIONARIOS hostiles fueron reducidos hasta que recobraron la cordura.
El liberado sindical de vacaciones en África, lejos de encontrar el agua de la eterna juventud, fue devorado por una hiena manchada (Crocuta crocuta), que fue hallada muerta tras la ingesta del SINDICALISTA esquirol.
Cospedal tuvo que retirar las declaraciones: “Si los sindicatos no os representan, que nadie se angustie, que por ellos, lo hará el PP

jueves, 24 de diciembre de 2009

En casa de Fichano II


EN CASA DE FICHANO. CAPITULO II. 
 
Aún puedo percibir en la pituitaria el olor a los campos de trigo recién segados. Puedo oler la comida campestre de Hortensia. Recuerdo el griterío de los niños en la era. La siesta bajo el destartalado carro y los ronquidos feroces de Rogelio, el padre de Fichano.
Los días en Grulleros transcurrían lenta y maravillosamente. A pesar de mi corta edad, enseguida comprendí la dura vida de Fichano y su familia.
Rogelio, con su voz de sargento chusquero, tocaba diana cada día a las 5 de la mañana. Sin rechistar, todos nos levantábamos como poseídos sin tener que esperar cola alguna en la puerta del baño que no había.
Fichano y yo, en camiseta de tirantes y calzoncillos salíamos al pilón y nos dábamos un rápido y superficial lavado de cara, más a modo de refresco que otra cosa. En los quince días que duró mi estancia en Grulleros tan solo uno, el de regreso a mi casa, tuvimos acceso al pilón, la manguera y el jabón.
A las 5,15 ya estábamos vestidos y preparados para la faena, reunidos en la cocina de Hortensia y sentados en torno a una mesa redonda con un mantel raido de hule. Aún se podían ver tímidamente emerger algunas rayas blancas entre el azul desvaído.
Hortensia servía un cuenco de sopas de ajo picantes con un huevo escalfado, a cada uno, acompañado de un vaso de vino tinto. Rogelio, de un tirón se metía el vaso de vino, dejando un “culin “que luego añadiría a las sopas en un intento de formar un poco de caldo para aligerar aquel pastel de sopa de ajo inmundo. Con una cuchara de madera y a una velocidad imposible dejaba limpio el tazón. Hortensia entonces, le servía un trozo de chorizo y tocino de las sobras del cocido del día anterior. Se lo vendimiaba de manera implacable. Al levantarse de la mesa, un gran eructo, una colleja a Fichano al que literalmente arrastraba hacia la puerta: ¡vamos gandul que comes más de lo que rindes!...
A mí me servía una taza de chocolate aguado hecho con una pastilla de chocolate revenido que solo sacaba en ocasiones, según me comentase Fichano, y un trozo de pan atrasado para mojar a modo de bizcocho, después del espectáculo lamentable que le monté el primer día que quiso meterme las sopas de ajo vía intravenosa.
Al eructo de Rogelio yo me levantaba de la mesa para evitar la colleja a la vez que me recorría un escalofrío por el cuerpo al ver el trato que Fichano recibía de su padre.
A las 5,30 de la mañana se preparaba el carro con las vacas, el trillo, la mula y los aperos de labranza. Rogelio a pié dirigiendo las vacas por el mortecino amanecer del día. Detrás Fichano con la mula. El traqueteo del carro me sumía en un duermevela mientras el sol iba apareciendo de entre la oscuridad casi imperceptiblemente.
Con una puntualidad espartana a las 6,15 de la mañana llegábamos a la era y daba comienzo una actividad frenética en la que participaban más de 20 personas. Yo me juntaba con otros niños y realizábamos tareas de avituallamiento. El botijo (la barrila), un receptáculo de madera que conservaba el agua muy fresca, yo no había visto un botijo de madera en toda mi corta vida. Las botas de vino con gaseosa, el rastrillo, las piedras para afilar las guadañas, el martillo de picar el filo… y un sinfín de cosas que te convertían en un “pinche” perfecto y trabajabas sin descanso hasta finalizar la jornada.
A las 11 de la mañana todo el mundo paraba a tomar las “once”. Navaja en mano, un trozo de chorizo con un zoquete de pan. Los niños tomábamos las “once” los últimos. Teníamos que repartir la comida y la bebida entre los trabajadores. ¡Chaval, la bota! ¡eh tú, la barrila que me seco!
Todo el mundo regresaba a su dura tarea a las 11,30. Entre esa hora y las 13.30 nuestro trabajo, el de los niños, se duplicaba. Culpable, el sol insoportable del mes de julio. Fichano nos acompañaba a un reguero de agua fresca y nosotros nos zambullíamos en el reguero como si de una gran piscina se tratase. Nos entreteníamos cogiendo berros para la ensalada que acompañaría la comida. Jamás volví a tomar unos berros tan sabrosos y tiernos como aquéllos.
Las mujeres llegaban a la era cargadas como mulas con la comida a las 13,30 horas. Cesaba toda actividad y alrededor de los carros, aprovechando las pocas sombras que había, Hortensia extendía un trozo de sábana vieja a modo de mantel sobre el que ponía dos cazuelas de barro, una con la sopa y otra con los garbanzos y el “compango”. Cada uno de nosotros hundía su cuchara en la sopa hasta agotarla. Unos tragos de agua o vino y atacábamos los garbanzos con el mismo ansia. Entretanto, hortensia preparaba la ensalada de berros añadiendo trozos de cebolla que le aportaban un sabor exquisito.
Debido al cansancio y al hambre, nadie pronunciaba palabra alguna durante la comida. Eso me recordaba a las comidas en mi casa, en silencio total, siempre a la misma hora, cada uno sentado en el mismo sitio “en su sitio”, nadie se atrevía a decir ni una palabra. Mi padre presidía la mesa con aquel rictus tan serio… parecía que siempre estaba enfadado. Pocas veces le vi sonreír.
Tras la comida, una siesta hasta las 3 de la tarde, debajo del carro, dentro del carro, junto a las vacas, cada cual donde podía resguardarse del sol de justicia de los campos del antiguo Reino de León. Apenas se oían los ronquidos de los agotados hombres y alguna risa que otra de algún niño que no lograba dormirse y se entretenía en alguna maldad.
La jornada terminaba a las 18,30. Legábamos a casa por encima de las siete de la tarde, rotos, adormecidos, en silencio. El sol nos despedía lentamente, suavemente. Recuerdo mi mirada fija en el horizonte, despidiendo la jornada con ganas, con nostalgia y con una enorme satisfacción de saberme útil a los demás. Me sentía como un jornalero con el deber cumplido, pleno, feliz, agotado.

Tras la cena a base de huevos fritos, que previamente habíamos de recoger en el pajar… a las 9,30 de la tarde, hortensia daba la orden imposible de trasgredir: Fichano, Mikel, a la cama que mañana hay que madrugar.
Yo dormía con Fichano en su misma cama. En la habitación, una cama una mesilla de noche destartalada, un armario con espejos en las puertas. El suelo de madera, las paredes de adobe pintadas con cal viva. Con una bombilla de 20W, casi en penumbra, nos acostábamos. Por mi parte de la cama, la ventana me mostraba una luna llena y un cielo estrellado. Yo me dormía soñando mis viajes inexistentes por las estrellas.
Pegado a mi espalda, en la estrecha cama, Fichano. Algo me susurraba al oído que no entendía. Cada vez se pegaba más a mí a la vez que hacía unos casi imperceptibles movimientos con su cuerpo. Noté algo duro sobre mi espalda, a la altura de coxis.
Poco a poco Fichano se apoderaba de mi cuerpo, sus susurros eran cada vez más extraños. Acercó mi mano a aquélla cosa pequeña, gorda, dura y mal oliente… Ahora sus jadeos tenían forma de palabras: tranquilo, mira las estrellas, no pasa nada, no hables, no te muevas… Comencé a asustarme por sus palabras, no por lo que mi mano sujetaba. Encendí la luz. Me di cuenta de que mi mano rodeaba la picha de Fichano. La Solté. Grité. Fichano me tapo la boca casi hasta asfixiarme.
Fichano le quitó importancia al incidente y me explicó cómo funcionaba aquélla cosa negra gorda y corta. Insistió que observase con atención lo que sucedería si frotaba aquélla horrorosa polla. Con asco puse toda la atención que la circunstancia me permitió. Fichano se la meneó, al correrse decía, ¿ves la fuente?, ¿la ves?. A mí no me hizo ni puta gracia. El resto de la noche y las siguientes noches, dormí en el suelo, envuelto en una manta a pesar de las promesas de Fichano de no volver a acercarse a mí.
Tarde tres años en darme cuenta que Fichano estuvo a punto de darme por el culo si me hubiese dejado. ¡Cosas de la vida!
Ese mismo verano, en el mes de agosto, habría cumplido diez años. En el vestuario de la piscina recordé la clase magistral de Fichano y me puse manos a la obra. De mi fuente no brotó nada, pero recuerdo un gusto impresionante. Repetí la operación cuatro veces seguidas. En los siguientes meses pude ver como de mi fuente también manaba aquél líquido pegajoso amarillento, y al hacerlo, me proporcionaba un enorme placer. En cierto modo entendí a Fichano.

lunes, 21 de diciembre de 2009

La familia



LA FAMILIA

Ese grupo de personas más o menos numeroso, nunca inferior a dos, que se adoran a la vez que se aborrecen, que se aman a la vez que se odian, que se idolatran a la vez que se detestan. Ese maravilloso grupo de personas unidas por la “sangre”, capaces de dar la vida el uno por el otro, todos por “el uno”, capaces de matar, de transgredir. Ese maravilloso grupo heterogéneo de personas unidas de forma casual, sin desearlo, sin posible elección previa, sin otra cosa que compartir excepto “la sangre”, a eso, algunos de mis amigos le llaman FAMILIA.
Casualmente yo también he tenido una. Hasta hace pocos años creí, que la mía, mi familia, era una familia normalita, del montón, con sus cositas y sus peculiaridades. Nada más alejado de la curda realidad.
Cierto es que todo en esta vida es relativo y uno siempre ES en la medida que la comparación te sitúe frente a otro semejante de su misma especie. También es cierto que la cultura, el tiempo y el lugar, definen aspectos del ser humano, en ocasiones, inenarrables e indescriptibles.
Recuerdo vagamente en un viaje turístico por Phnom Penh, capital de Camboya y el transcurrir maravilloso e incómodo del rio Mekong, que según he podido saber, nace en el Himalaya y desemboca en el Mar de China Meridional recorriendo 4.350 km, lo que lo convierte en el río más largo del sudeste de Asia.
En la segunda mitad de su trayecto sólo tiene que salvar un desnivel de 500 m. Sin embargo, en este segmento también se encuentran rápidos (en Camboya) y saltos o cascadas (en Laos) conocidos como Cascadas de Khone. Su caudal es superior al de cualquier otra catarata del mundo.
No podía dejar de pensar, mientras la barcaza atracaba en el destartalado puerto de Phnom Penh, de regreso de una ruta “turística” (Kompong Thom Siem Riep, Sway Sisophoan , Battambang , Pursat, Kompong Chinnan, Udon y Phnom Penh), en la que había sido presa fácil de los cientos de miles de mosquitos de especies diferentes, que, junto con una extraña alimentación autóctona, habían dejado mi frágil persona reducida a piles y huesos.
Pieles llenas de picaduras que se me antojaban como pequeños tumores tangentes dando a mi piel el aspecto de una mantelería de bodoques bordada a mano. No podía dejar de pensar en esa vida pasada llena de “comodidades” junto con eso que denominamos familia.
Imaginaba las suaves manos de mi madre aplicando por mi acribillada piel, cremas balsámicas, mientras me contaba viejas historias de su familia numerosa de 12 hermanos, situada en los años 30. Me contaba como tenían que apañárselas para conseguir comida, para calentarse, para vestirse. Viajaba por esas tribulaciones familiares olvidándome poco a poco de mi angustioso viaje de placer por el río Mekong, hasta casi dormirme con el arrullo de mis recuerdos.
La historia que mas me gustaba, sin duda alguna era la de mi abuela. Una historia con ciertas lagunas y claro oscuros que nunca mi madre supo aclararme en su totalidad y que me procuraban no pocos quebraderos de cabeza al no poder encajar todas las piezas de aquélla terrible y fantástica historia.
Mi abuela, “la morena”, mujer esbelta y guapísima procedía de una larga y tradicional familia, donde el honor, la lealtad y el compromiso solo podían sellarse con sangre.
En su juventud, se enamoró de mi abuelo que pronto la dejó embarazada, ¡el muy bribón!. El altar o la fuga eran las dos posibles alternativas de mi abuelo, que no me explico el motivo, pero prefirió optar por la fuga. No se fugó del todo, como nos pasa al común de los mortales, demostrando que era un romántico sentimental. Su escapada le llevó a la cuenca minera de Asturies donde se afincó hasta el final de sus días.
Mi abuelo, protagonizó en los meses siguientes a la fuga, algunos escarceos al domicilio familiar ya que era descendiente en primer grado de ferroviarios y disfrutaba del famoso kilométrico, un pase para viajar gratis en los trenes de la red nacional. Mi abuelo y la morena, procedían de pueblos cercanos del antiguo Reino de León.
Pronto fueron de dominio público los ires y venires del abuelo a su tierra natal. La morena dio a luz a una preciosa niña que resultaría ser mi madre. En los meses anteriores alumbramiento, ayudada por su hermanos, estuvo practicando tiro con arma corta frente a unos arbustos a las afueras del pueblo.
Uno de los hermanos de la morena, se hizo con una pistola y munición suficiente, con la que practicaban el tiro al blanco a las afueras del pueblo. La morena tenía una puntería prodigiosa y un especial sentido de la justicia a la vez que unos cojones del tres.
Corría el mes de junio de 1920. Mi madre ya tenía un mes de vida. Los hermanos de la morena, se enteraron que mi abuelo viajaba en el “vasco” desde Asturies con destino a su pueblo.
Mi abuela, la morena, tras desplazarse caminando varios kilómetros, se subió al vasco en una parada-apeadero en total soledad. Fue recorriendo los vagones del largo tren hasta encontrarse de frente con mi abuelo.
Esta es tu hija, le dijo, y quiero que la veas por primera y última vez. Esas o muy parecidas debieron ser las palabras pronunciadas por mi abuela antes de asestarle tres tiros en el pecho a bocajarro. ¡Qué güebos la morena!, ¡Que carácter!
Minutos más tarde, en la siguiente parada de tren, la morena fue detenida por la guardia civil a la vez que asistieron a mi abuelo de vida o muerte. Desangrándose.
Meses más tarde, mi abuela fue excarcelada, el abuelo “salvó” la vida de milagro. De lo que no se salvó fue de pasar por la vicaría y de tener otros once hijos más con la morena. Se amaron hasta el final. Mi familia cuenta que el abuelo jamás llevó la contraria a mi abuela. ¡el amor!...
Llegamos a Phnom Penh. Desperté de mis sueños. Un picor horriblemente doloroso recorría mi cuerpo. Me desmayé. Los dos últimos días de las felices vacaciones los pasé en el Calmette Hospital de Phnom Penh. Siempre recordaré a la familia como algo consustancial e indispensable para el ser humano, como algo necesario para sobrevivir. De no ser por mi familia quién sabe si mis días habrían terminado en Calmette Hospital.
 
También podrás escucharlo en:  https://youtu.be/QQV2WVtGy1k  

domingo, 20 de diciembre de 2009

La inesperada tecnología


LA INESPERADA TECNOLOGÍA.


Un resquemor horroroso en la uretra acompañado de un dolor lumbar intenso, tipo cólico, e irradiado a región inguinal, fiebre con escalofríos, disuria, polaquiuria y urgencia miccional, eran mis únicas preocupaciones a lo largo del día y también en la oscura e insomne noche.
Lo cierto es que terminé en el servicio de urgencias de una clínica privada de poca monta dirigida por curas, con un gran servicio de enfermería regentado por monjas. Mientras esperaba pacientemente a ser recibido por el galeno de guardia, tuve ocasión de orinar cuatro o cinco veces a la vez que me retorcía de resquemores uretrales cada vez que lo hacía.
Con mi tendencia a la hipocondría quizás magnifiqué mis dolencias e incluso las empeoré.
La retórica básica de los médicos siempre me ha sorprendido. Dígame, que le ocurre, me espetó con aquélla voz aguda, afeminada. Lo ignoro, me apresuré a responder. A eso vengo, a saber qué es lo que me ocurre. Pues si no me dice lo que le pasa, cómo podré saber por dónde empezar… A punto estuvimos de entrar en una espiral de idioteces sin fin que podría haber tenido consecuencias nefastas para mis intereses. Meo muchas veces y me escuece la uretra muchísimo cuando lo hago, le dije mientras le miraba, perdonándole la vida.
Tras buscar un frasco estéril, se calzó un guante de latex en su mano derecha y con una leve sonrisa en sus labios me dijo, sujetando el frasco con su mano “de latex”: trate de orinar dentro del frasco. Ni de coña doctor, como podría mear mientras Vd. sujeta el frasco? Necesito ver el chorro, la intensidad, la cantidad, etc. Añadió con displicencia.
Después de varias negativas a mear en un frasco sujetado por una mano “de latex” de un médico gay, y de otras tantas insistencias por parte del médico. A punto estuvo de convencerme. De pronto un sudor frio recorrió mi cuerpo. Aquélla sonrisa afeminada resolvió el conflicto. Daca el bote galeno que no me mola ser observado mientras meo, añadí con voz seca y amenazante.
Para descartar cualquier problema de mayor envergadura, le recomiendo que visite al urólogo, me dijo mientras pegaba una etiqueta en el bote con mis orines. Hasta que tenga el resultado del cultivo, puede tomarse este antibiótico y no se olvide de visitar al urólogo.
Nos despedimos. Me dirigía a la farmacia de guardia en busca del Ciprofloxacino. No dejaba de pensar en la visita al urólogo. Habrá visto algo extraño para recomendarme la visita al urólogo? Porque habrá insistido tanto en el asunto? Agg, que pesadilla, joder.
Una semana más tarde, y demostrada la infección urinaria por la bacteria Escherichia coli (E. coli), me planté en la consulta del urólogo. Confieso preocupación e intriga. Preocupación por el devenir de los acontecimientos e intriga porque nunca había visitado a un médico de semejante especialidad.
El urólogo era un hombre fornido, altísimo, de un metro noventa y unos 58 años. Un tipo cercano, agradable con un rictus serio. ¿Qué le trae por mi consulta? Le referí lo acontecido haciéndole entrega del sobre con los análisis de orina. Tras un “bájese los pantalones, y apóyese en esta mesa”, sin dilación alguna, casi repentinamente, después de unas amables palabras, me metió el dedo corazón de la mano derecha, forrada de un guante de goma, en el culo, hasta el fondo.
En mis sueños, las penetraciones anales siempre las había percibido de otro modo, más lubricadas, más suavemente, más lentamente, horadando milímetro a milímetro mis esfínteres anales.
Nunca hubiera imaginado una cosa así. Tan rápido, tan brutal, sin avisar, sin permiso. Joder, que me metió el dedo en el culo. A mí, nada menos que a mí y menudo dedo tenía el cabrón. No me dolió. No disfruté. Ni tan siquiera pude tener el recuerdo de aquélla sensación.
Está todo normal, dijo con una voz amable, pero es conveniente hacer una revisión cada año. Me desmoralizó. Durante varias semanas me sentí fatal, no daba crédito a lo que me había ocurrido. Y lo peor, una revisión anual.
Tras varias visitas anuales, me había acostumbrado a que aquél largo dedo recorriese mis esfínteres llegando a la zona anteroposterior de mi glándula prostática. Tenía un cierto morbillo indescriptible y un regustillo preocupante. Justo ese año el urólogo se compró un aparato que terminó con las prácticas sodomizantes. ¡ Maldito ecógrafo ¡ Ya lo dice el pensamiento popular “lo bueno dura poco”.
Quizás una vez más, la tecnología reveló una tendencia que no estaba prevista en el uso de la propia especialidad. Quizás somos animales de costumbres poco fiables y nuestros comportamientos, en ocasiones, nada tienen que ver con aquello que creemos ser.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

El beso


Introspicĕre.
 
Dedico estas líneas a la frágil y lábil memoria del ser humano y a la mía propia.

EL BESO.

Recuerdo vagamente mis viajes por otras vidas, por otros tiempos. El recuerdo edulcorado del pasado me emociona, es como saborear de nuevo aquélla vida que ya no estoy seguro de haber vivido o soñado. Vivo de nuevo desde el recuerdo.
Es como esa densa niebla donde se funde lo vivido, lo soñado, lo visible y lo invisible, lo que es, lo que fue y lo que pudo haber sido. Me proyecto desde mis anteriores experiencias y viajo por las estrellas de los frágiles sueños como si nada. Con indolente e infatigable facilidad, en otra existencia más, en otra vida nueva. La que vivo sin tan siquiera saberla, ni tocarla.
Soñé que un día recordé mi primer beso. El beso de los besos, así lo definían mis amigos. Soñé que lo recordé con asco y repulsión. Una nausea. Vomité.
Mi primer beso  comenzó a fraguarse como todos los primeros besos de los años 70 cuando yo, solo contaba con 13 años y pico. Recuerdo que los primeros besos de los otros chicos, fueron besos muy buscados, muy deseados, muy premeditados, muy comentados, fugaces, apenas sin beso. Elaboradísimos.
Mi primer beso fue a traición, sin previo aviso, sin yo haberlo deseado previamente. Fue el beso de los besos. El beso de tornillo que mis amigos tanto habían deseado para sí en sus masturbaciones cotidianas.
Lo recuerdo estupefacto. A la vez que recuerdo mi nula afición por el futbol. Nunca supe darle una patada bien dada a un balón. Lo que no entiendo en absoluto es mi constante recuerdo por el campeonato del mundo de futbol del año 1966. Quizás porque fue al día siguiente de mi primer beso cuando comenzó el primer partido. Nunca supe nada de futbol. Sin embargo recuerdo los nombres de los jugadores de la selección Española del año 1966. José Ángel Iríbar. Manuel Sanchís. Eladio Silvestre. Del Sol. Ignacio Zoco. Jesús Olairía. José Armando Ufarte. Amaneio Amaro. Marcelino Martínez. Luis Suárez. Francisco Gento Antonio Betancort. Miguel Reina. Feliciano M. Rivilla. Severino Reija. Fernando Olivella. F. Fernández «Gallego». José Martínez «Pirri». José María Fuste. Joaquín Peiró. Abelardo Rodríguez.
Fué en un cine de pueblo. Yo siempre fui un niño de asfalto. Nací y me crié en ciudades grandes. Recuerdo aquel cine de “pueblo” con las butacas de madera destartaladas. El constante murmullo, a ratos convertido en griterío. El olor a humedad típica de una sala que solo abría sus puertas en verano. El chasquido incesante y desenfrenado de las pipas de girasol.
Pasaban por segunda semana consecutiva una película de Mario Moreno. Un día con el diablo. A nadie le interesaba lo más mínimo la deteriorada película llena de rayas y con un sonido infernal. Sin embargo a mi me apasionaba la genialidad de “Cantinflas”. Me apasionaba el cine. Recuerdo que cuando mis nuevos amigos de aquél pueblo me propusieron ir al cine, me emocioné. Nunca creí que en aquél lugar hubiese una sala de cine. La película, una pasada. Lloré un poco, como lo hacía con las películas del famoso dúo cómico Laurel & Hardy “del gordo y el flaco”.
Aún recuerdo el personaje que representaba Mario Moreno, aquél humilde vendedor de periódicos que es alistado en el ejército, contra su voluntad y con un nombre falso, precisamente en un momento en el que su país se encuentra en guerra. Aunque el pobre vendedor trata de demostrar por todos los medios que no es quién dicen que es, nadie le hace caso y termina en el frente.
Justamente en el instante que Cantinflas es incorporado a filas, ¡zas! Marisina me espeta “el” beso. El beso de tornillo que todos mis nuevos amigos hubieran deseado para sí. Uno aplaudió, otro nunca comprendió mi huida, dos amigas de Marisina se abrazaron. Merchina, la hermana de Marisina se emocionó y salió gimoteando de la sala. Años después me relató el porqué de su emoción. Yo sentí una vergüenza horrible. Una náusea vertiginosa me hizo salir corriendo.
En el patio trasero de la sala de proyecciones (lugar para los intermedios o descansos) me encontré solo, huyendo de lo que el resto de los chicos de mi edad hubieran deseado para sí. Creí por un instante que “el beso” sería otra cosa, que tendría otro significado. Algo menos carnal (y menos carnoso). Creí que sería como un sublime éxtasis de amor del que nadie en su sano juicio podría regresar. Con el tiempo supe que un beso solo es un beso. Que el secreto no está en el beso sino en sentirte parte del beso, SER el beso, SER el otro, SER. Marisina siempre estará en mis reflexiones por lo que me mostró, por lo que me enseñó y sobre todo por lo que me AMÓ aunque yo entonces no pudiera dar fe de ello.

Mirada inquisidora


MIRADA INQUISIDORA

Tras una mirada inquisidora, y un portazo desgarrador, su silueta se desvaneció en instantes.

Me horrorizaba aquella manera de finalizar una añeja relación. Sentí que la perdería para siempre.
 
Con chándal y zapatillas en chancleta, la cara desencajada y absolutamente desconcertado corrí en su busca.
 
Percibí si silueta entre el gentío al doblar la esquina de la calle, junto a su casa. Dio una profunda calada al cigarrillo, arrojo la colilla al suelo. Sentí cerrarse el portón de la casa.
 
Aún se podía percibir su perfume de rosas, ella había desaparecido para siempre. Tomé la colilla humeante entre mis dedos, la acerqué a la boca, aspiré profundamente aquélla bocanada de humo con sabor a cáncer. Mis labios y los suyos se unieron en aquélla maldita colilla por última vez.
 
Años más tarde siento la penetrante mirada del tiempo a través de los empañados cristales de mi habitación, mientras observo esa lluvia fina caer sobre la gente, equidistante, imperceptiblemente, sin que nada ocurra. Su recuerdo me mortifica.

Manías



Observo meticulosamente la forma en que cada día la vida se repite con exactitud milimétrica.
Mi amiga MARLEN abandona su casa cada día, tras comprobar paroxísticamente, que su casa queda bien cerrada. Gira adelante y atrás la cerradura deforma convulsiva hasta siete veces siete. Siete adelante, siete atrás. Termina la operación presionando la puerta hacia adentro y hacia afuera tres veces tres. Tres hacia adentro y tres hacia afuera.
Tras la operación cierre y presión, comienza su andadura escaleras abajo. En el tercer peldaño, se da la vuelta y comprueba de nuevo que la puerta está bien cerrada. Así cada día, así cada vez que la puerta se abre y se cierra. Siempre igual, sin errores, sin pensarlo, sin calcularlo. La vida se repite con exactitud milimétrica.
Mi amiga LA TREPA, persona imprevisible donde las haya, hiperactiva, hipertrepa, hiperhiper. Cada vez que entramos en un local, se quita parsimoniosamente la bufanda, la mochila, el anorak y una de sus gordas y tupidas chaquetas. Al salir del local, la operación inversa con milimétricos movimientos.
Otro bar, otra oficina, otro local, da igual repite convulsivamente sus milimétricas operaciones aún cuando la visita al local tenga una duración de un minuto. Bufanda, mochila, anorak y chaqueta gruesa. Con exactos movimientos, con la misma cadencia, sin fallos.
MANTEQUILLA, siempre llega tarde al trabajo, milimétricamente tarde, con excusas milimétricas. Los mismos gestos, las mismas palabras. Tras 1 hora de trabajo, sale disparado a poner el ticket al coche, aún cuando el coche lo tenga aparcado en un parking. Media hora más tarde, sale a tomar café. Toma café aun cuando su médico le insistiera en lo dañino del café para su salud.
MANTEQUILLA siempre tiene una lesión de la que preocuparse, una lesión que rehabilitar. Mantequilla no es vago, ni tonto, ni desagradecido. Mantequilla simplemente se desarrolla con exactitud milimétrica como la vida, sin saberlo, sin desearlo, sin premeditación.
Yo mismo he notado que cada día, al levantarme, reproduzco milimétricamente siempre el mismo protocolo. Me desnudo en el baño, abro el grifo de la ducha, cierro las cortinas, me ducho milimétricamente. Primero la cabeza, luego los brazos y axilas, los güebos después. Termino con el culo y las piernas. Igualmente uso la toalla por el mismo orden milimétrico. Después, afeitado, lavado de dientes, vuelta a vestirse y a la calle.
Cada día igual. Igual cada mes, así toda la vida. Si nos paramos a observar… Observo meticulosamente la forma en que cada día la vida se repite con exactitud milimétrica.

En casa de Fichano. Capítulo I


EN CASA DE FICHANO. CAPÍTULO I

Grulleros creo que se llamaba el pueblo. Entonces, cuando yo lo vi por primera y última vez, era un lugar inmundo, árido, despoblado, sencillamente infame. Lo recuerdo vagamente. Sin embargo las sensaciones y los acontecimientos, los recuerdo con absoluta nitidez.
Solo fueron unos días en verano. Fichano, alumno que atendía mi hermana en clases particulares debió ser el artífice de la jugada. En casa, a Fichano se le trataba como a uno más. Cuando él no estaba, mi familia se refería a él cariñosamente como “acémila”.
Mi hermana se desesperaba con acémila. Podéis imaginaros al inicio de los 60, un chaval de pueblo de familia campesina humilde, sin cultura alguna, desmotivado, “deslocalizado”, en el intento familiar de llevarlo a la universidad.
El tiempo le regresó a su lugar de origen allí vivió el resto de sus días.
Quizás en pago a las clases particulares, quizás por un intercambio de culturas, quizás por casualidad, acabé una quincena del mes de julio del año 1962 en casa de la familia de Fichano. Recuerdo las paredes de adobe, el portón de madera para acceso de carruajes. La inmensa llave negra de más de medio kilo de peso.
Sorprendido por lo que mis ojos estaban viendo por primera vez, Fichano abrió el chirriante portón de madera y ante nosotros apareció, un enorme patio desvencijado lleno de trastos, herramientas y aperos de labranza, todos desconocidos por mí. Enseguida un pestilente olor invadió mi pituitaria provocándome una tremenda nausea. Desde el interior de la vivienda, una voz desgarradora ordenaba a Fichano cerrar el portón para que no se escapasen los animales.
Al cabo de unas horas mi olfato estaba plenamente acostumbrado al pestilente olor, quizás por la alegría que me proporcionó la presencia de aquéllos curiosos y cariñosos bichos que solamente había visto en los dibujos de los libros de texto.
Recorrí el viejo caserón en busca del baño después de comer aquel potaje de garbanzos, que en nada se parecía al cocido que mi madre nos preparaba. Al pajar, dijo Don Rogelio, padre de Fichano, con voz cazallera. En esta casa, las necesidades se hacen en el pajar, dijo tras una carcajada impresionante.
Atónito y sin dar crédito a lo que estaba oyendo, sentí la necesidad de salir corriendo de aquel horroroso lugar. Hortensia, me cogió cariñosamente de la mano y me llevo al pajar indicándome con precisión el sitio donde debería plantar el pino.
Hortensia, la madre de Fichano, era una mujer enjuta, enlutada, con mirada penetrante y de muy pocas palabras, sin embargo, era la única persona de aquél entorno que irradiaba cariño y confianza.
Entré en el pajar. Pollos y gallinas campando a sus anchas en primera instancia, en la parte de atrás 6 cerdos en un corralillo aparte. Una yegua y dos vacas en otras estancias laterales. En la zona indicada por Hortensia y con un apretón irresistible, me bajo el pantalón corto amarillo que mi tía Joaquina me había traído de Venezuela, me bajo el calzoncillo, me agacho, y a medida que mi intestino iba excretando la garbanzada cocinada por Hortensia, los pollos y gallinas que merodeaban por allí, se iban alimentando de la mierda que yo excretaba.
En una de estas, un gallo tiró un lance y en lugar de pillar algún hollejo de garbanzo, me metió un picotazo en la pilila, que aún hoy lo conservo a modo de cicatriz.
En el intento de quitarme el puto gallo de encima, caí sentado encima del humeante pino recién plantado. Lloré, me desesperé, intenté limpiarme con unas pajas secas que servían de cama al pajar. Las pajas se me quedaron adheridas a la piel mezcladas con la mierda. Horrible.
Llamé a Hortensia y con el griterío que preparé, ante mí aparecieron Hortensia, Rogelio y Fichano. Al verme de aquella guisa comenzaron a reírse a carcajadas como si estuviesen poseídos por satán sin percatarse de que para mí, aquella situación era lo peor que me podía suceder.
Desnudo, lleno de mierda y pajas pegadas al culo, impotente y avergonzado por la situación y ante el escarnio y la humillación que estaba siendo objeto, comencé a lanzarles puñados de mierda como si de nieve blanca se tratase. Las risas cesaron de pronto. Tendríais que ver como les dejé de mierda.
Hortensia me llevó a un pilón que servía de abrevadero a las vacas y me lavó cuidadosamente. Nunca se hablo en los días siguientes de los hechos sucedidos,sin embargo sus miradas eran más elocuentes que las palabras.

El guante


EL GUANTE

La Luna, un colmado donde se podía comprar todo lo que uno pudiera imaginar y sobretodo cualquier artículo de contrabando que venía directo del puerto. Solíamos comprar en la Luna tabaco rubio a muy bajo precio de las marcas más sofisticadas de rubio americano, BENSON & HEDGES RED FILTER, CHESTERFIELD, JOHN PLAYER KING SIZE, KENT, LARK, LUCKY STRIKE. Hacíamos pequeños negocios con nuestros compañeros menos audaces. Les vendíamos los pitillos “sueltos” y por el precio de una cajetilla, llegábamos a comprar tres.
En el portal de al lado de la Luna, había un negocio muy singular: el guante.
En el mismo portal de acceso a las viviendas, había una especie de cabina o portería acristalada muy pequeña. Dentro, una mesa, una silla y una papelera. Unas cortinillas granate impedían ver si había alguna actividad en el interior. En la mesa, un puñado de velas y una caja metálica de las de cola cao.
Jesús Maté, conocía concienzudamente el sitio. Vamos al “guante” Mikel, me decía cada sábado al caer la tarde. Dorita ya le conocía de sobra. El saludo de bienvenida era: fuera de aquí chaval que llamo a mi marido, pero Jesús Maté sin inmutarse, le ponía en la caja de cola cao tres pesetas y le decía: venga Dorita dale al manubrio. Maté era un chico Zamorano muy audaz.
Dorita se enfundaba un horroroso guante descolorido de tela y sin rechistar le bajaba la cremallera y le decía mientras le masturbaba: como te pille mi marido por aquí te va a meter una tunda que ya verás. Yo esperaba fuera con la puerta entreabierta. Cuando terminaba con Jesús Maté me decía con una mirada indiferente ¿quieres pasar tu también, tienes dinero?
Las primeras veces me resistí a los meneos de Dorita, pero debo confesar que el morbo me traía absolutamente inquieto. Maté siempre me animaba a probarlo aunque siempre se quejaba de picores y dolores después de los pases de Dorita.
Un día fui solo y después de muchos paseos dubitativos calle arriba y abajo, entré. Toma le dije, depositando las tres pesetas en la caja de colacao. Como si nunca me hubiese visto por allí, me amenazó con su ritual “vete de aquí, que como te pille mi marido…”, la verdad es que acojonaba un poco. Era una mezcla explosiva, el morbo, el deseo y el miedo a que realmente un día apareciese “su marido”, una subida de adrenalina difícil de explicar recorrió mi cuerpo. Venga, corriendo que tengo prisa.
No se puso ni el guante, me bajo la cremallera, apenas me la cogió con aquélla mano heladora, me corrí inmediatamente si avisar. No le dio tiempo a poner la papelera y todo el esperma le fue a parar a la pechera de una camisa bermellón descolorida. Se puso como una fiera mientras intentaba limpiarse el vestido. Yo, muerto de vergüenza, miedo y emoción me huí despavorido.
Durante semanas, cuando reuníamos dinero buscábamos a Dorita, que muchas veces por tres pesetas nos aliviaba a los dos. Dorita desvirgó a Jesús Maté. A mí me había desvirgado casi sin saberlo Manuela Luisa Fernanda Otero. Nuca se lo dije a Jesús Maté.
Semanas después coincidimos en la Luna un domingo por la mañana con Dorita. Allí compraba los condones a bajo precio. Simplemente nos dedicó un leve gesto de indiferencia apenas imperceptible. Se despidió del encargado de la tienda con un “hasta la vista” a la vez que se acercó a una mujer que hablaba con otro dependiente y con gesto displicente le dijo: nos vamos cariño.
Una vergüenza indescriptible recorrió todo mi ser, me paralizó por un instante. Era Manuela Luisa Fernanda Otero. Entonces comprendí muchas cosas que en el pasado reciente eran una entelequia para mí. Me acordé sin desearlo de Camilo Reyes. Nunca sabré si ella le engañaba o trabajaba para él.