sábado, 29 de noviembre de 2025

 MEJORAR EL SUEÑO DE FORMA NATURAL

Con el tiempo todo cambia. Las personas también.
De hecho creo que la única constante del ser humano es el cambio.
Desde que venimos al mundo hasta que regresamos a la tierra, permanecemos en un continuo cambio.

No puedo precisar cuándo me cambio el sueño. Pero ahora duermo a salto de mata, desordenadamente, a intervalos mínimos.

He probado la farmacopea ligera, pero nada, no hay forma de conciliar el sueño. No me atrevo con los fármacos pesados

Descubrí no hace mucho algo que me induce al sueño, supongo que por el tedio infinito que me produce el algoritmo, cuando buscas algo que sabes que jamás encontrarás en las redes sociales.

Yo que soy diestro, iba notando, al consumir esos productos, como el dedo pulgar de la mano derecha iba adquiriendo una agilidad extrema en movimientos arriba y abajo mientras los contenidos de apariencia infinita, se iban repitiendo una y otra vez. Parecidos, semejantes, casi iguales. Consciente de que el algoritmo te iba enseñando cosas relacionadas con tus “me gusta” o asuntos que hubiesen llamado tu atención por cualquier motivo.

Nunca hubiera pensado en la cantidad de linternas que existen de no haberme interesado una vez en Facebook por una de ellas.
Después de visitar aquel modelo de linterna que la red me proponía, cada noche al acostarme, cuando accedía  a las redes sociales, me aparecía un aluvión de linternas, miles de ellas por doquier, cuál Amazon o Ali exprés…

Tengo en mi retina aquélla noche, navegando por twitter, me topé con una foto que llamo poderosamente mi atención.

Me interesé por el perfil de la persona que la publicaba.
Me sorprendió que fuese una mujer. Quizás por mis prejuicios o mi educación.

Al ver la foto del perfil y sabedor de que la mayoría de los perfiles exhiben fotos imposibles, irreales o creadas por IA, me quedé un buen rato admirando aquellos preciosos ojos de mirada triste y aquella boca linda mostrando una leve sonrisa.

Recorrí su perfil y enseguida puse todas sus fotos en una carpeta.

Los mismos ojos, la misma sonrisa, el mismo maquillaje. Tan solo cambiaba la luz, el ambiente y la ropa.

Recordé con rapidez (salvando toda distancia) lo que habría podido pensar Leonardo da Vinci, la primera vez que se topó con Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo.

Fuera lo que fuese, lo que plasmó en su obra la Gioconda o mona lisa, seguro que tuvo que ver con lo mismo que yo vi en esa serie de selfis de la mujer de Facebook.

Una de sus fotos me conecto directamente con Morfeo.
Lo primero que hice al despertarme fue comprobar si todo aquello de la noche anterior  no había sido un sueño.

Encendí mi portátil y allí estaba la carpeta con más de 80 retratos de aquella mujer de una extraña belleza.

De pronto noté como si nos hubiésemos conocido en otras vidas. Quise que fuera mía, mi último amor. Al final no pudo ser.

Le puse un mensaje intranscendente al que contestó con rapidez.
Mi ritmo cardiaco aumentó notablemente.

En menos de una semana ya había entre nosotros una conexión muy especial. Era como tirarse por un precipicio de profundidad infinita.
Pero nos dejamos llevar.

Durante meses tuvimos largas conversaciones hasta altas horas de la madrugada, lo que hacía que las tres o cuatro horas de sueño, fuesen seguidas y de calidad.

Para que después se diga que las redes sociales no sirven para nada. A mí me producen sueño y sinsabores. Ahí me encontraréis por las noches.

También podrás escucharlo en:  https://youtu.be/RJkXbPt1P58  



 EL CUMPLEAÑOS DEL SER QUE CADUCA


Cada año llega con la puntualidad de lo inevitable, una vela más sobre el pastel, una arruga más en el mapa de la piel.

Y sin embargo, algo dentro permanece intacto, como si el alma aún se negara a contar sus otoños.

Miro atrás y no sé exactamente cuándo cambié, ni cuándo empecé a buscar en los días algo que se pareciera a una respuesta.

Tal vez fue al ver las primeras grietas en los sueños, o al descubrir que el futuro no siempre promete. El tiempo no pasa, se consume.

Gota a gota, se evapora en los gestos cotidianos. Y sin embargo, hay algo eterno en la forma en que seguimos deseando lo mismo: ser amados, ser vistos, ser recordados.

Los cumpleaños son espejos discretos. No reflejan el cuerpo, sino el alma
que aún pregunta si ha hecho lo suficiente, si ha sentido con suficiente profundidad, si ha vivido con algún propósito real.

Siempre nos falta algo: el amor que no llegó, la casa que no tuvimos,
el talento que se marchitó sin uso, la vida que creímos posible.

Pero llega un momento —y llega, como la caducidad en un yogur olvidado— en que uno se detiene a mirar no lo que falta, sino lo que está.

Y entonces todo comienza a tener sentido. Un sorbo de café caliente entre manos frías, una risa compartida en medio del cansancio, un abrazo sin palabras, el olor a tierra después de la lluvia.

Pequeños milagros sin nombre. Los avances que antes parecían insignificantes se convierten en triunfos silentes: levantarse sin dolor,
recordar un sueño, llegar a tiempo a uno mismo.

La vida no nos enseña con manuales, sino con cicatrices y miradas fugaces.

Y al final, la sabiduría no es saber, es aceptar. Aceptar que fuimos, que somos y que seremos. Ese ser que fui —tan lleno de certezas— aún vive en mí como una sombra curiosa, y ese que soy ahora lo abraza con la ternura de quien ya no necesita entenderlo todo. Solo estar.

Cada cumpleaños se convierte en una ceremonia privada, una reunión entre las versiones de uno mismo, donde no hay reproches, solo preguntas viejas y respuestas que ya no necesitan voz.

Hay quien cuenta los años como cadenas, pero yo he aprendido a contarlos como peldaños. No hacia arriba ni hacia abajo, sino hacia adentro, donde todo es más real.

La caducidad es solo el recordatorio de que estamos vivos, de que hay un límite, y por eso cada instante importa más.

Como un poema que termina pronto. Quisimos ser eternos en lo grandioso, pero hallamos la eternidad en un atardecer cualquiera, en la risa de un niño que no nos conoce pero que nos saluda igual.

No todo está perdido si aún sentimos, aunque sea nostalgia. Porque en la nostalgia vive el deseo de seguir encontrando sentido en lo que antes parecía vacío.

El ser no se desvanece, se transforma con cada soplo de vela. Y en ese fuego breve está la promesa: no de durar, sino de arder mientras dure.

Y así, cada cumpleaños no es una cuenta regresiva, sino un regreso a uno mismo. 

A ese núcleo intacto donde el tiempo no manda, y la vida —al fin— se vuelve verdad.

También podrás escucharlo en:  https://youtu.be/arbpCHOuN8s  

 EL SENTIDO DE LA VIDA

Nacemos sin saber, sin pedirlo, como la semilla que cae al azar sobre la tierra. Un llanto inaugura nuestro tiempo, pero nadie nos entrega un mapa. ¿Y si el viaje fuera más importante que el destino?

Vivimos preguntando, tanteando el aire, recogiendo migas de respuestas que se deshacen en la boca. El mundo parece girar ajeno a nuestras dudas, pero en el fondo, todos preguntamos lo mismo.

¿Para qué nacemos? ¿Para qué vivimos? ¿Acaso somos una chispa que se enciende y se apaga, sin haber quemado nada, sin haber dejado calor?


Los días se suceden como cuentas en un collar invisible. Algunos brillan, otros se opacan. Pero todos llevan nuestra respiración, nuestra huella, aunque no la veamos.

El propósito, si existe, no viene impreso en la piel ni en las estrellas. Hay quienes lo buscan en dioses, en libros antiguos, en la ciencia o en el amor. Otros lo inventan cada mañana.

Pero vivir sin propósito, ¿es vivir menos? Quizás la falta de sentido absoluto sea la invitación a crearlo nosotros mismos, como se crea una canción de la nada.

Cada decisión, cada palabra, cada gesto, cae en el tejido invisible del mundo. Y como una piedra en el agua, forma ondas que llegan más lejos de lo que creemos.

Nuestro comportamiento no es solo nuestro. A veces, un acto de bondad cambia una vida entera. A veces, una indiferencia también.

Somos fragmentos de otros, y otros son fragmentos de nosotros. En cada historia que tocamos, dejamos una letra, una pausa, un acento.

Vivir es, en parte, asumir esa responsabilidad: que nuestras acciones no mueren con nosotros, sino que se quedan girando como ecos, como semillas.

Y si el sentido fuera justamente eso: tocar la vida de otros, aunque no lo sepamos. Cambiar un destino sin saber que lo hicimos.

No todos dejarán una estatua, un libro, una revolución. Pero todos dejamos algo: un recuerdo, una mirada, una presencia que marcó.

A veces creemos que caminamos sobre agua, sin dejar huella. Pero incluso el agua recuerda. Incluso el aire cambia cuando lo atravesamos.

Y si al final no hay un único objetivo, sino millones, como estrellas dispersas. Y cada uno elige cuál seguir, cuál convertir en su norte.

No hay mayor tragedia que vivir sin hacerse preguntas. Porque es en la duda donde el alma se despierta, donde empieza la búsqueda.

Y si el sentido no está dado, si no hay respuesta única, eso no es desesperanza. Es libertad. Libertad para escribir nuestra propia historia.

Vivir, entonces, no es encontrar un significado, sino construirlo. No es dejar huellas en la piedra, sino en los corazones. Porque quizá, en el fondo, el único sentido de la vida… sea amar.

También podrás escucharlo en:  https://youtu.be/ci317Tx3Jl4  

 EL ODIO

El odio es una emoción humana compleja que se define como una intensa aversión, resentimiento o hostilidad hacia otra persona, grupo o cosa. El odio es una emoción negativa que puede tener efectos devastadores en la vida de las personas. A menudo es el resultado de la discriminación, el prejuicio, la intolerancia, la ignorancia y el miedo. El odio puede surgir por diferentes motivos, como la religión, la raza, la etnia, la orientación sexual, la cultura o las diferencias políticas.

El odio es un problema social muy grave que puede llevar a la violencia y la destrucción. Cuando el odio se convierte en una ideología, puede llevar a la discriminación y al genocidio. La historia está llena de ejemplos de odio y violencia, como la esclavitud, el Holocausto y el terrorismo. Estos ejemplos muestran que el odio no solo es dañino para las personas sino también para la sociedad en su conjunto.


El odio también puede tener efectos negativos en la salud mental y física de las personas. El odio puede llevar a la depresión, la ansiedad, el estrés y otros problemas de salud mental. Además, el odio también puede llevar a la violencia, lo que puede tener consecuencias graves para la salud física y emocional de las personas.

Es importante abordar el problema del odio de manera efectiva. Esto significa educar a las personas sobre la importancia de la tolerancia, el respeto y la aceptación de las diferencias. La educación es clave para fomentar la comprensión y la empatía hacia los demás, lo que puede ayudar a reducir el odio y la discriminación.

También es importante que las comunidades se unan para combatir el odio. Esto significa trabajar juntos para promover la inclusión y la igualdad. Las organizaciones y los grupos comunitarios pueden trabajar juntos para promover la diversidad y fomentar el diálogo y la comprensión entre diferentes grupos.

Otro enfoque importante para abordar el problema del odio es la legislación. Los gobiernos pueden implementar leyes y políticas para prevenir y castigar la discriminación y el odio. Por ejemplo, las leyes contra el discurso del odio y la discriminación pueden ser efectivas para prevenir la propagación del odio y la violencia.

Sin embargo, también es importante tener en cuenta que la lucha contra el odio no debe ser utilizada como una excusa para restringir la libertad de expresión o la libertad de pensamiento. La libertad de expresión es un derecho fundamental que debe ser protegido. Es importante encontrar un equilibrio entre la prevención del odio y la protección de la libertad de expresión.

En resumen, el odio es una emoción peligrosa que puede tener efectos devastadores en la vida de las personas y en la sociedad en su conjunto. Es importante abordar el problema del odio de manera efectiva a través de la educación, la colaboración comunitaria y la legislación. Al hacerlo, podemos trabajar juntos para promover la tolerancia, la igualdad y la comprensión entre los diferentes grupos, y construir una sociedad más pacífica y justa para todos.


¿SE TERMINA EL MUNDO?

El mundo cruje como un viejo navío a la deriva, navegando entre mares embravecidos de fuego, humo y silencio.

Los hielos ancestrales se desgajan como si la memoria misma del planeta se disolviera en el agua salada.

Ciudades enteras tiemblan bajo terremotos que despiertan sin previo aviso, recordándonos que la tierra tiene voz.

El aire se enciende con incendios desatados, y las montañas lloran ceniza mientras los pájaros huyen despavoridos.

Las olas de calor son cuchillos invisibles que atraviesan la piel, ahogando cosechas, marchitando esperanzas.

Y sobre este escenario, se elevan rumores de guerra, ecos de cañones que jamás aprendimos a silenciar.

Los hombres pelean por fronteras diminutas mientras el planeta mismo se deshace bajo sus pies.

¿Acaso es este el apocalipsis? ¿Un final escrito en llamas y humo, en sangre y en polvo?

O quizá es la transformación brutal de un mundo cansado de nuestra soberbia.

Mientras tanto, la humanidad parece mirar hacia otro lado: más preocupada por poseer que por comprender.

El culto al cuerpo, la obsesión por prolongar la vida, la búsqueda de una eternidad artificial se convierten en refugios vacíos.

¿De qué sirve un cuerpo eterno si el suelo que lo sostiene se desmorona?

Nos hemos olvidado del ser, de la raíz, de la conexión con lo sagrado que late en cada hoja y cada río.

El ruido de las pantallas ha silenciado el murmullo de la tierra, y creemos que todo puede esperar.

Pero el reloj no se detiene: el clima cambia, la tierra arde, los mares avanzan, los vientos rugen.

No es la naturaleza la que nos condena, somos nosotros quienes hemos olvidado cómo habitarla.

Y, sin embargo, aún late una esperanza: si aprendemos a escuchar, a sembrar con humildad, a elegir el ser por encima del tener, quizá descubramos que no asistimos al final, sino al nacimiento doloroso de un mundo nuevo.

También podrás escucharlo en:  https://youtu.be/WpaOD14WbAo  

EL MUNDO MODERNO

Hubo un día en que la multitud se acostó cansada y despertó sin memoria.

El aire estaba impregnado de un sopor extraño, como si el tiempo hubiese decidido retroceder.

Entonces, los viejos fantasmas encontraron grietas por donde colarse, vestidos con ropajes nuevos pero con las mismas garras de siempre.

¿De qué sirvieron las luchas en las fábricas, los puños alzados contra la penumbra?

¿De qué sirvió que la voz femenina incendiara las plazas, reclamando vida y justicia?

¿De qué sirvieron los libros manchados de esperanza, si hoy dejamos que el polvo cubra sus páginas?

    El ser humano, agotado de preguntas, se rindió a la miel envenenada        de las pantallas.

Allí, la mentira se disfrazó de verdad reluciente y el odio se maquilló con sonrisas de mercado.

La ignorancia, como río subterráneo, brotó de nuevo y arrastró lo construido hacia un abismo familiar.

Pero este país sabe de heridas y de semillas que florecen en tierra reseca.

Sabe que la libertad nunca fue obsequio, sino conquista arrancada al silencio.

Cada derecho fue forjado como hierro incandescente, con el pulso de quienes se negaron a ser sombras.

Ahora nos susurran que el pasado fue mejor, que el látigo era orden, que la mordaza era calma.

Nos quieren convencer de que obedecer es respirar, y que el grito libre es una ofensa.

Mas, si cedemos, traicionamos no solo a nuestra sangre, sino también a los huesos que aún reposan bajo la tierra.

El fascismo no viene con paso de gigante, sino con sonrisa de comerciante.

Se presenta como salvación mientras afila cuchillos en la penumbra.

Y si le entregamos las llaves de la casa, no será el ladrón quien robe: seremos nosotros quienes lo hayamos invitado al festín.

También podrás escucharlo en:  https://youtu.be/FJlHPradAGI  



 EL MIEDO

El miedo es una emoción que nos acompaña desde el amanecer de nuestra existencia. Es una sombra oscura que se cierne sobre nosotros, susurrando en nuestros oídos, amenazando con desgarrar nuestros sueños y nuestros corazones. Pero también es un compañero leal, un amigo que nos protege, que nos guía por el camino oscuro de la vida.

El miedo es una criatura caprichosa, impredecible, que se esconde en los rincones más oscuros de nuestra mente y de nuestro corazón. Es un monstruo que nos devora, que nos deja sin aliento, que nos hace temblar de terror. Pero también es una fuerza poderosa, una llama que nos ilumina en los momentos más oscuros, que nos impulsa a seguir adelante, que nos hace más fuertes.

El pánico es el eco de nuestros miedos más profundos, de nuestras ansiedades más oscuras. Es el eco de nuestra propia mortalidad, de nuestra propia fragilidad. Es el eco de todas las cosas que nos asustan, de todas las cosas que nos hacen temblar de miedo.

Pero el miedo también es un canto, una poesía, un verso que se desliza por nuestros labios como un susurro. Es una melodía que nos envuelve, que nos calma, que nos hace sentir menos solos en la oscuridad.

El miedo es una puerta, una ventana, una llave que nos permite entrar en nosotros mismos, que nos permite descubrir lo que realmente nos asusta. Es una oportunidad para conocernos a nosotros mismos, para enfrentarnos a nuestros recelos más profundos y superarlos.

El miedo es una fuerza que nos empuja hacia adelante, que nos hace más fuertes, más valientes, más decididos. Es una fuerza que nos hace enfrentar nuestros mayores desafíos, nuestros mayores sobresaltos, nuestros mayores temores.

El miedo es una herida, una cicatriz, una marca en nuestro corazón. Es una marca que nos recuerda las cosas que hemos perdido, las cosas que hemos sufrido, las cosas que nos han hecho daño. Pero también es una marca que nos recuerda que hemos sobrevivido, que hemos superado, que hemos salido adelante.

El miedo es una brisa, una ráfaga, un viento que sopla a través de nuestras vidas. Es una brisa que nos acaricia, que nos susurra al oído, que nos reconforta. Es una ráfaga que nos hace temblar, que nos desafía, que nos empuja hacia adelante. Es un viento que nos lleva a lugares nuevos, a experiencias desconocidas, a aventuras que nunca hubiéramos imaginado.

El miedo es una sombra, una luz, un camino que se extiende ante nosotros. Es una sombra que nos sigue, que nos acecha, que nos hace sentir solos en la oscuridad. Es una luz que nos guía, que nos muestra el camino, que nos lleva hacia la esperanza. Es un camino que nos lleva a lugares desconocidos, a aventuras inesperadas, a descubrimientos que nunca hubiéramos imaginado.

El miedo es una palabra, una imagen, una sensación que nos envuelve, que nos abraza, que nos hace ser lo que realmente somos.

También podrás escucharlo en:   https://youtu.be/72_xhKJ7SFQ

 EL DÍA QUE CAMBIÓ MI SUERTE

Siempre hay un día que se cierne abruptamente sobre nosotros. Nos sorprende, nos inmoviliza y nos hace sentir “mortales”, eso sí, no lo vemos venir.

No fue un día, ni una semana ni un mes. Llevaba una temporada con esos presentimientos que viven en ti día y noche, era como una premonición indeseable en la que nadie quiere pensar, de la que todo el mundo quiere huir. Notaba como algo fatal se cernía sobre mi cabeza.

A veces crees que vives, pero solo vegetas. A veces crees que cambias las cosas, pero simplemente las cosas cambian solas, sin pedirte permiso, sin hacerte partícipe de tales cambios.

De pronto mi vida dio un giro de 180 grados. Sí yo participe en él desde luego, pero ni de lejos lo había planeado ni hablado ni estudiado ni deseado ni tan siquiera soñado.

Siempre fui (para mi desgracia) persona de asfalto y contaminación, aunque confieso aquí y ahora que siempre deseé tener un puñado de tierra donde “caerme muerto”, que decía una abuela materna. Recuerdo que en una ocasión estuve a punto de comprar un terreno rústico rodeado de árboles y retirado, muy retirado de todo. Tras mil reproches de la familia, decliné hacerlo realidad, puede, que como otras muchas cosas en la vida.

Como buen “urbanita”, siempre fijé mi domicilio en el mismísimo centro de las ciudades donde viví. Nunca fui propietario de nada, eso me brindo la posibilidad de cambiar de domicilio cada poco tiempo.

Sin saber cómo, sin motivos aparentes, sin tiempo para reflexionar, salí del mismísimo centro y me fui a vivir a un barrio de la periferia a varios kilómetros del centro. Visité el lugar un par de veces antes de mudarme. Lo cierto es que el lugar inspiraba poca confianza y de noche, menos aún.

Me percaté enseguida que los bloques de viviendas estaban llenos de cámaras de seguridad y en sus paredes se anunciaban “servicio de vigilancia 24 horas”. En ese lugar inhóspito sin nada alrededor, prácticamente desierto día y noche, con tanta video vigilancia, me hacía sospechar que algo no iba bien por el lugar. Varios bloques de viviendas de 10 pisos cada uno, tan solo advertías coches viejos aparcados de cualquier manera, sin nadie por sus inmediaciones…

Uno de los días que visité el lugar, antes de decidir mudarme, observé a un hombre joven de unos 30 años ataviado con un pijama, un batín de hospital y unas zapatillas. Había caído una buena nevada y la temperatura en la calle no superaba los 0ºC. He de manifestar que aquélla aparición me dejó bastante tocado.

Instantes después, al girar el coche para rodear el segundo bloque, caí en la cuenta que el edificio que se vislumbraba al fondo, a unos 100 metros de distancia, no era otra cosa que el antiguo hospital psiquiátrico de la ciudad.

Aquélla situación no me pareció tan horrible ya que los demandantes potenciales del servicio de psiquiatría somos todos los humanos. Con el tiempo, y a determinadas horas del día, aquella estampa se repetía con decenas de “internos” que deambulaban por el barrio y que evocaban recuerdos con olor a series de TV americana como the walking dead.

Una pena, la verdad, sobre todo las personas jóvenes. En ocasiones pienso que no eres lo que logras, eres lo que superas. Las dificultades te imponen, pero no te impiden ser quien eres con tus taras, tus rarezas, tu actitud... Puede que el equilibrio se encuentre en tener una actitud positiva ante la contingencia que vamos adquiriendo sin comerlo ni beberlo y nos convierte en quienes somos en cada instante, sabedores de que la única constante del ser, es el cambio.

La única vida de la barriada eran los enfermos del psiquiátrico, qué con sus excentricidades y debido a sus tratamientos médicos, teñían la zona de un absurdo color de esperpento. Yo empezaba a reconocerme entre ellos, Tanto es así que decidí hacerme cargo de una finca en las inmediaciones, sin saber tan siquiera distinguir entre hortaliza y legumbre. Fue un reto que tuvo un final espectacular.

Construí un invernadero (con la ayuda de algún amigo), haré la tierra, planté de casi todo (Tomates, pimientos, berenjenas, zanahorias, acelgas, brócoli, perejil, fresas, calabazas, calabacines, melones, puerros, lechugas, judías verdes, habas blancas, menta, apio.  cerezos, melocotoneros, cebollas…) y todo lo que planté, dio muchos, muchos y buenos frutos. Todo ecológico. Fue un año de mucha e intensa labor.

Llegué a encontrar una paz y un sentido a la vida como nunca antes había tenido. Me sentía fuerte, sano, feliz. Y ello a pesar de los cientos de problemas que rodeaban mi vida y que nunca me han abandonado por completo. Fue un chorro de aire fresco que con pocas cosas puedo compararlo.

Regalaba a familiares, amigos y vecinos todo lo que os podáis imaginar de un vergel incomparable, donde todo tenía el sabor que le correspondía, especialmente el tomate y el pimiento. También florecieron unas parras centenarias que había en la finca y que desde hacía más de 19 años no habían dado frutos. Se llenaron de uvas riquísimas que pude compartir con los pájaros.

Pasado el tiempo de la cosecha, ahora comprendo que todo era una señal, un aviso. Estaba tan claro que no lo pude interpretar a tiempo. Quienes conocían la finca estaban asombrados del impresionante resultado obtenido, ello teniendo en cuenta de que yo nada sabía sobre cultivos ni de como sembrar ni como labrar la tierra. Todo fue improvisado por mi tras visionar unos tutoriales en YouTube. Todo era una clara señal que no pude interpretar a tiempo.

A primeros de septiembre me detectaron un cáncer. A finales de septiembre fui al quirófano. Ahora estoy a la espera de algunas sesiones de radio terapia. Pero de momento entregue a la enfermedad partes vitales de mi cuerpo que ya no volverán a funcionar jamás. Era una señal y no la vi llegar.

La felicidad es tan efímera y los humanos tan gilipollas que todo pasa en un abrir y cerrar de ojos.

 EL COMPORTAMIENTO

El comportamiento es un río que fluye entre las piedras del tiempo,

una danza sutil entre lo aprendido y lo instintivo,

una sombra que se alarga con la luz de la experiencia, una melodía que entonan las manos al tocar el mundo.

Es el eco de la infancia en la voz de los adultos, el reflejo de un gesto en el espejo de otro, el cauce que traza el deber y la pasión, el límite invisible entre la costumbre y la rebelión.

 A veces es un hilo de seda que une miradas, una cortesía envuelta en la fragilidad de un susurro, el arte de ceder sin perderse, la nobleza de hablar con los ojos cuando el alma tiembla.

Otras veces es un muro que crece entre dos cuerpos, una barrera erguida por el orgullo y la torpeza, el peso de un silencio que no sabe pedir perdón, la dureza de un puño donde debió nacer una caricia.

El comportamiento es un mapa sin brújula fija, un territorio dibujado por la historia y la herencia, la voluntad de cambiar el rumbo cuando el viento exige, el coraje de detenerse cuando el paso hiere.

Es el arte de tejer encuentros con hilos de respeto, la belleza de contener la ira en un vaso de paciencia, el instinto domado por la razón, la razón suavizada por la ternura.

Unos lo llevan como una armadura impenetrable, otros como un traje de agua que toma la forma del día, pero todos, en algún rincón de la piel, guardan la esencia del niño que aprende a dar la mano.

Porque el comportamiento es la escritura de nuestra presencia, un idioma que se habla con actos y silencios, la huella que dejamos en los ojos ajenos, el espejo en el que aprendemos a ser humanos.

También podrás escucharlo en:  https://youtu.be/utm3Pkh8x0Q  

 EL ARTE DE ATARSE LOS CORDONES DE LOS ZAPATOS

 

Atarse los cordones parece un gesto trivial, un simple pliegue en la rutina diaria; sin embargo, es un arte discreto que exige habilidad y conciencia. En ese cruce de hilos y nudillos se esconde un pequeño acto de maestría: la capacidad de convertir la coordinación, la atención y la paciencia en un movimiento que sostiene nuestros pasos.

Los cordones requieren una danza de la motricidad fina: los dedos que sujetan, la otra mano que acompaña, la tensión exacta que une el zapato al pie sin dañarlo. Nada sucede por azar; es un diálogo silencioso entre mente y cuerpo, un gesto casi meditativo que nos recuerda que incluso lo cotidiano requiere un instante de presencia.

Para los niños, atarse los cordones es mucho más que aprender un nudo. Es una declaración de independencia, un pequeño triunfo sobre la torpeza inicial, un símbolo de crecimiento. Cuando un niño logra por primera vez esa proeza, siente que el mundo se abre: ya puede correr sin depender de nadie, ya puede caminar con su propio ritmo.

En cambio, para las personas mayores, el mismo acto que un día simbolizó libertad puede volverse un reto inesperado. La motricidad fina se vuelve más frágil, el pulso menos preciso, la flexibilidad disminuye. Atarse los cordones se transforma entonces en una prueba de paciencia consigo mismos, un recordatorio de que incluso en la experiencia habita la vulnerabilidad.

Y luego está el desafío extremo: atarse los cordones con una sola mano. Un jodido reto, sí, donde la habilidad se vuelve ingenio, la paciencia se hace disciplina y la coordinación se convierte en una especie de acrobacia íntima. Quien lo logra ha aprendido a reinventar lo que otros dan por hecho.

Existen cientos de maneras de atar un par de cordones: nudos rápidos, nudos marineros, lazos dobles, técnicas geométricas, métodos de velocidad, métodos de firmeza. Caminamos por la vida sin sospechar la diversidad de soluciones para un problema tan pequeño como asegurar un zapato al pie.

Y aun así, cuando encontramos la forma que nos enseñaron —sea torpe, elegante o improvisada— solemos aferrarnos a ella toda la vida. Es una costumbre que se transmite sin que lo advirtamos, como si al atar los cordones también reforzáramos un lazo invisible con quienes nos enseñaron a hacerlo.

¿Será que, sin saberlo, nos atamos los cordones como lo hacían nuestros padres, nuestros abuelos, y los suyos antes que ellos? Quizá en cada nudo que hacemos persiste un eco de sus manos, un fragmento de memoria que se repite de generación en generación. Un gesto simple, sí… pero que une, sostiene y acompaña nuestros pasos por el mundo.

También podrás escucharlo en: https://youtu.be/ddjul1bm81o