EL CUMPLEAÑOS DEL
SER QUE CADUCA
Cada año llega con la puntualidad de lo inevitable,
una vela más sobre el pastel,
una arruga más en el mapa de la piel.
Y sin embargo, algo dentro permanece intacto, como si el alma aún se negara a contar sus otoños.
Miro atrás y no sé exactamente cuándo cambié, ni cuándo empecé a buscar en los días algo que se pareciera a una respuesta.
Tal vez fue al ver las primeras grietas en los sueños, o al descubrir que el futuro no siempre promete. El tiempo no pasa, se consume.
Gota a gota, se evapora en los gestos cotidianos. Y sin embargo, hay algo eterno en la forma en que seguimos deseando lo mismo: ser amados, ser vistos, ser recordados.
que aún pregunta si ha hecho lo suficiente, si ha sentido con suficiente profundidad, si ha vivido con algún propósito real.
Siempre nos falta algo: el amor que no llegó, la casa que no tuvimos,
el talento que se marchitó sin uso, la vida que creímos posible.
Pero llega un momento —y llega, como la caducidad en un yogur olvidado— en que uno se detiene a mirar no lo que falta, sino lo que está.
Y entonces todo comienza a tener sentido. Un sorbo de café caliente entre manos frías, una risa compartida en medio del cansancio, un abrazo sin palabras, el olor a tierra después de la lluvia.
Pequeños milagros sin nombre. Los avances que antes parecían insignificantes se convierten en triunfos silentes: levantarse sin dolor,
recordar un sueño, llegar a tiempo a uno mismo.
La vida no nos enseña con manuales, sino con cicatrices y miradas fugaces.
Y al final, la sabiduría no es saber, es aceptar. Aceptar que fuimos, que somos y que seremos. Ese ser que fui —tan lleno de certezas— aún vive en mí como una sombra curiosa, y ese que soy ahora lo abraza con la ternura de quien ya no necesita entenderlo todo. Solo estar.
Cada cumpleaños se convierte en una ceremonia privada, una reunión entre las versiones de uno mismo, donde no hay reproches, solo preguntas viejas y respuestas que ya no necesitan voz.
Hay quien cuenta los años como cadenas, pero yo he aprendido a contarlos como peldaños. No hacia arriba ni hacia abajo, sino hacia adentro, donde todo es más real.
La caducidad es solo el recordatorio de que estamos vivos, de que hay un límite, y por eso cada instante importa más.
Como un poema que termina pronto. Quisimos ser eternos en lo grandioso, pero hallamos la eternidad en un atardecer cualquiera, en la risa de un niño que no nos conoce pero que nos saluda igual.
No todo está perdido si aún sentimos, aunque sea nostalgia. Porque en la nostalgia vive el deseo de seguir encontrando sentido en lo que antes parecía vacío.
El ser no se desvanece, se transforma con cada soplo de vela. Y en ese fuego breve está la promesa: no de durar, sino de arder mientras dure.
Y así, cada cumpleaños no es una cuenta regresiva, sino un regreso a uno mismo.
A ese núcleo intacto donde el tiempo no manda, y la vida —al fin— se vuelve verdad.
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