EL TECLADO DE BURBUJA
He cambiado mi vieja estilográfica Parker por un teclado de burbuja. El cambio ha sido tan drástico, como el giro que ha pegado mi vida en los últimos tiempos.
La pluma imprimía personalidad. Mi ilegible letra de “médico” tenía algo especial en sus irregulares trazos. El tacto de la pluma entre mis dedos me hacía sentir cada palabra que brotaba de mi interior, a veces sin querer, a veces a regañadientes. La mano forzaba a la pluma hasta exprimir su negra tinta, dejándola sin palabras.
Era como ese empresario negrero ordeñando al trabajador hasta dejarlo exhausto, sin fuerzas. Exigiéndole cada día más y mejores resultados de esfuerzo por un precio despreciable.
El teclado de burbujas sin embargo le daba al ambiente un ritmo y un sonido peculiar. Casi podía reproducir estribillos de canciones tecleando algunos párrafos determinados, de mis relatos. El ritmo se aceleraba notablemente escribiendo largas series numéricas.
La sensibilidad de las teclas, aportan a mis dedos una sensación de placer semejante a la que me aportan los pezones de Martina.
Es cierto que a Martina no le gustó nada saber que cuando pulsaba sus pezones con el dedo índice, mi mente, sin desearlo, volaba a mi nuevo teclado de burbujas. Me preguntó un día mientras mis manos y sus pechos formaban un equipo placentero de primera categoría: ¿Qué piensas?, te noto como muy enajenado.
Por no mentirle, por generar confianza y por afianzar nuestra difícil relación, le dije la verdad: en mi nuevo teclado de burbujas. Extrañada por la respuesta, me preguntó si tanto me había gustado su regalo de cumpleaños, el teclado de burbujas de agua…
Me di cuenta de lo duro que es ser sincero, aún en cosas tan nimias como esa.
Le dije, susurrándole al oído, que, en efecto, haberme desposeído de mi vieja estilográfica, había sido para mí un poco traumático, pero que había aceptado el cambio en aras de la modernización y del sostenimiento del medio. Le dije que, tras escribir unos párrafos, mis dedos notaban un cierto regusto muy parecido al que siento cuando acaricio sus pechos de silicona, y, que ello me produce sensaciones placenteras próximas al orgasmo.
Yo tenía razón hay momentos en los que una mentirijilla o un silencio pueden evitar un divorcio.
En las semanas siguientes Martina de dejo. Me dedicó un par de lisonjas: depravado y monstruo sexual.
Si te vienen con un teclado de burbujas, no lo aceptes por ser cortés
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