sábado, 29 de noviembre de 2025

 

EN LA SALA DE ESPERA

La sala de espera es un limbo con aire acondicionado, una antesala del destino,
un salón en el que todos fingen calma mientras se derrumban por dentro.

Las sillas, alineadas con precisión quirúrgica, forman filas de rostros en pausa, ojos que de reojo se estudian,
codos que esquivan el roce.

Hay un hilo musical, casi invisible, que pretende dulcificar la tensión; pero solo logra acentuar el silencio que se estira entre respiraciones.

Cada cual lleva su dolencia como una moneda secreta: el que tose, el que aprieta los labios, el que se agarra el pecho como quien aferra un recuerdo.

De pronto, la puerta del consultorio se abre, y la luz del interior corta el aire como un bisturí. Se hace el silencio.

Una voz de enfermera, suave como un rumor de hojas, lanza un nombre al espacio. Apenas un susurro que se disuelve antes de llegar a las paredes.

Todos los presentes tensan el oído, como cazadores de señales, buscando entre sí al elegido.

Nadie se mueve. Hasta que un alma caritativa, con oído afinado, anuncia: “ha dicho Manuel Pérez”. Y entonces la sala exhala un suspiro colectivo.

Manuel se levanta despacio, como quien camina hacia un juicio, y desaparece tras la puerta que se cierra con un chasquido mudo.

Vuelven los murmullos, las miradas bajas, las manos cruzadas, los pies inquietos. La espera reanuda su meticuloso tic-tac.

Otros no escuchan nombres, sino cifras: papeles arrugados entre dedos temblorosos, tres dígitos que se vuelven amuleto.

Los números son iguales para todos, pero cada uno lleva el suyo como una esperanza, mirándolo una y otra vez, por si acaso el papel cambia.

Cuando la voz grita “K128”, el aire se corta de nuevo, y una danza de miradas se despliega: ¿seré yo?, ¿serás tú?, ¿quién gana esta vez?

El llamado por pantalla es otro castigo: una única luz elevada, un oráculo pixelado que exige fe y cuello erguido.

Hay quienes se levantan, se acercan, se disculpan para mirar mejor,
otros se quedan en su rincón, adivinando nombres en el resplandor lejano.

La espera, en realidad, no espera: se alarga, se enrosca, se mete en la sangre y la mente, teje ansiedad en cada esquina de la sala.

Y cuando al fin llega tu turno, cuando por fin cruzas la frontera de la puerta, descubres que la enfermedad no era solo del cuerpo: era también la de haber esperado.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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