sábado, 29 de noviembre de 2025

EL MUNDO MODERNO

Hubo un día en que la multitud se acostó cansada y despertó sin memoria.

El aire estaba impregnado de un sopor extraño, como si el tiempo hubiese decidido retroceder.

Entonces, los viejos fantasmas encontraron grietas por donde colarse, vestidos con ropajes nuevos pero con las mismas garras de siempre.

¿De qué sirvieron las luchas en las fábricas, los puños alzados contra la penumbra?

¿De qué sirvió que la voz femenina incendiara las plazas, reclamando vida y justicia?

¿De qué sirvieron los libros manchados de esperanza, si hoy dejamos que el polvo cubra sus páginas?

    El ser humano, agotado de preguntas, se rindió a la miel envenenada        de las pantallas.

Allí, la mentira se disfrazó de verdad reluciente y el odio se maquilló con sonrisas de mercado.

La ignorancia, como río subterráneo, brotó de nuevo y arrastró lo construido hacia un abismo familiar.

Pero este país sabe de heridas y de semillas que florecen en tierra reseca.

Sabe que la libertad nunca fue obsequio, sino conquista arrancada al silencio.

Cada derecho fue forjado como hierro incandescente, con el pulso de quienes se negaron a ser sombras.

Ahora nos susurran que el pasado fue mejor, que el látigo era orden, que la mordaza era calma.

Nos quieren convencer de que obedecer es respirar, y que el grito libre es una ofensa.

Mas, si cedemos, traicionamos no solo a nuestra sangre, sino también a los huesos que aún reposan bajo la tierra.

El fascismo no viene con paso de gigante, sino con sonrisa de comerciante.

Se presenta como salvación mientras afila cuchillos en la penumbra.

Y si le entregamos las llaves de la casa, no será el ladrón quien robe: seremos nosotros quienes lo hayamos invitado al festín.


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