AFERRÁNDOSE A LA VIDA
Aún se ven algunos de esos hombres octogenarios pateando lentamente las calles de esta ciudad. Su atuendo les delata. Básicamente no ha cambiado con los años.
Esos pantalones de tergal gris, planchados, con la raya marcada impecablemente. Anchos, y cómodos. De cintura alta, al estilo “Julián Muñoz”. Siempre sujetos con un cinto de cuero marrón ajado por el tiempo. Camiseta de tirantes debajo de la camisa de manga larga, ambas, embutidas en el pantalón. Siempre con calcetines y unas zapatillas de lona con elástico, casi siempre azules.
Es cierto que, en los últimos tiempos, esas zapatillas de lona con elástico se van sustituyendo por calzado de deporte, eso sí el más horrible y barato del mercado.
Hasta hace no muchos años, estas personas, casi todas, llevaban una boina negra de la marca Elosegui, de las que se usan por estos lares, impermeabilizada con tratamiento teflón, acabada con forro y badana de piel, 100% de lana de merino, muy adaptada a su cabeza. En la actualidad, los familiares de estas personas han aliviado un poco el calor de sus cabezas en verano, sustituyendo la boina por una simple visera, rompiendo la estética del “paisanín”.
Algunos con bastón otros sin él, los que se valen sin él, caminan lentamente largos paseos por la ciudad, con las manos a la espalda unida una con la otra.
Tal postura, en ocasiones tiene un significado de dominación, autoridad y todo lo relacionado con ella: seguridad, confianza, liderazgo, etcétera.
Eso es así porque la postura pone al descubierto las partes más vulnerables en el pecho y estómago.
Al dejarlos descubiertos en el lenguaje corporal, se transmite que se tiene tanta confianza que no importa exponerlas.
Además, el hecho de trasladar las manos hacia atrás, da un mensaje que no se teme ser atacado, Porque ostenta una figura de autoridad.
Sin embargo, tal postura puede significar que la persona adopta esta posición precisamente porque se siente insegura, especialmente si una mano sujeta a la muñeca de la otra.
Un indicio que quien adopta esta postura pretende auto controlarse, pero en realidad se siente inseguro, ansioso o enojado.
A mí en general me parecen hombres rudos, con unas vidas vividas en la austeridad y solo para el trabajo.
Ahora caminan solos, despacio, sin meta sin ilusión alguna. Como si fuesen muy conscientes de estar escuchando los últimos compases del gran concierto de la vida.
Les veo caminar por la ciudad y enseguida me miro en sus personas. Veo lo mismo que ellos ven, asfalto, semáforos, calor, gente que parece ir a alguna parte, caminando a toda velocidad, escaparates llamando la atención de los peatones, promesas, deseos… vida. Esa vida que nos lleva inexorablemente a ninguna parte, pero ellos lo saben, lo notan, lo sienten.
No dicen nada, siguen caminando mientras suena en su interior el Acto III o desenlace de la ópera de la vida. Sujetando fuerte una mano con la otra en la espalda, sin duda es lo único que les queda, ellos mismos, solos, a pecho descubierto, esperando la apoteosis que nos tiene preparada la existencia.
sin miedo a nada, sabiendo que la vida, tan solo es un suspiro, una ilusión de verano.
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