A propósito del cambio…
Si hubiera un par de verdades dignas de reseñar, por las que todos hemos de pasar, me inclinaría por el CAMBIO y la MUERTE,
Por el cambio todos pasamos, desde que nacemos, hasta el ocaso. Por la muerte, ni te cuento.
Así pues, estas dos verdades, se convierten en los dos hechos democráticos por antonomasia. Cierto que se extienden por todo el planeta y cierto que afectan a todas las criaturas. Esa certeza, no deja de serlo por el hecho de que ambas dos verdades se produzcan a diferente ritmo y en tiempos desiguales.
El cambio en las personas, va a su ritmo, me refiero al cambio físico.
Yo cantaba en el coro del instituto. A los 9 años mi voz de tiple I, me situaba cerca de Amanda. Nunca estuve tan cerca de ella. Su aliento movía mi melena pelirroja al tiempo que podía adivinar lo que había tomado para la merienda. Amanda era la deseada de todo el coro, pero solo yo podía notar el batir del aire que salía de sus pulmones.
Con 11 años, mi suerte cambió por completo. Comenzaban a salirme los primeros pelos en la cara y en el bigote, mi nariz chata (como la de mi madre) se tornó como por arte de magia, en una nariz aguileña, no de gran tamaño, pero aguileña. Ese hecho me produjo un grave complejo que arrastré prácticamente hasta la mayoría de edad.
Mi voz cambió repentinamente. D. Adolfo, el director del coro, coloco mi voz al lado de los tenores. Solo chicos. Fui a caer justo al lado de mi mayor enemigo Juvenal Conde. Mis días de amor y gloria junto a Amanda se habían visto truncados para siempre, por un ligero cambio en mi voz.
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