viernes, 28 de noviembre de 2025

 

CONSTRUYAMOS UN PENSAMIENTO PROPIO

En la quietud de las cosas sencillas encontramos el pulso verdadero del mundo.

La inacción, lejos de ser un vacío, se transforma en un refugio donde la mente se aclara y el cuerpo recuerda que también sabe descansar sin culpa.

Contemplar es permitir que el tiempo repose sobre nosotros sin exigirle nada.

Es mirar lo pequeño —una sombra, un gesto, un soplo— y descubrir que allí se esconden las respuestas que las prisas nunca muestran.
Reflexionar es detener la corriente del ruido para escuchar el pensamiento propio.

Esa voz íntima que no nace de modas ni consignas, sino del roce entre nuestra experiencia y nuestras dudas.

Construir una opinión propia implica abrazar nuestra historia personal,
la cultura que nos nutrió, los libros que nos moldearon, y también los silencios que nos obligaron a mirarnos sin disfraces.

Es necesario alejarse de estereotipos, de mentiras repetidas hasta parecer verdades, y de los bulos que infectan la mente cuando el criterio se deja a la intemperie.

Solo el razonamiento lógico, templado por la observación atenta,
puede ofrecernos un suelo firme desde el cual pensar.

La naturaleza y el comportamiento humano, vistos a través de los siglos, nos enseñan que cada acto, por mínimo que sea, derrama consecuencias.
Una palabra, un gesto, una omisión: todo es semilla de algo que crecerá.
Por eso debemos construir un YO propio, irrepetible, libre de demagogias consumistas y deseos prestados, un yo que no se confunda con la masa sino que la ilumine.

En estos tiempos cargados de superinformación, donde la verdad y la mentira se disfrazan con la misma máscara, repasemos la historia y volvamos a los filósofos antiguos y contemporáneos.

Solo así podremos forjar una opinión limpia, sólida, capaz de mantenerse a salvo de la mierda cotidiana que intenta ahogarlo todo.

 

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