sábado, 29 de noviembre de 2025

 EL ARTE DE ATARSE LOS CORDONES DE LOS ZAPATOS

 

Atarse los cordones parece un gesto trivial, un simple pliegue en la rutina diaria; sin embargo, es un arte discreto que exige habilidad y conciencia. En ese cruce de hilos y nudillos se esconde un pequeño acto de maestría: la capacidad de convertir la coordinación, la atención y la paciencia en un movimiento que sostiene nuestros pasos.

Los cordones requieren una danza de la motricidad fina: los dedos que sujetan, la otra mano que acompaña, la tensión exacta que une el zapato al pie sin dañarlo. Nada sucede por azar; es un diálogo silencioso entre mente y cuerpo, un gesto casi meditativo que nos recuerda que incluso lo cotidiano requiere un instante de presencia.

Para los niños, atarse los cordones es mucho más que aprender un nudo. Es una declaración de independencia, un pequeño triunfo sobre la torpeza inicial, un símbolo de crecimiento. Cuando un niño logra por primera vez esa proeza, siente que el mundo se abre: ya puede correr sin depender de nadie, ya puede caminar con su propio ritmo.

En cambio, para las personas mayores, el mismo acto que un día simbolizó libertad puede volverse un reto inesperado. La motricidad fina se vuelve más frágil, el pulso menos preciso, la flexibilidad disminuye. Atarse los cordones se transforma entonces en una prueba de paciencia consigo mismos, un recordatorio de que incluso en la experiencia habita la vulnerabilidad.

Y luego está el desafío extremo: atarse los cordones con una sola mano. Un jodido reto, sí, donde la habilidad se vuelve ingenio, la paciencia se hace disciplina y la coordinación se convierte en una especie de acrobacia íntima. Quien lo logra ha aprendido a reinventar lo que otros dan por hecho.

Existen cientos de maneras de atar un par de cordones: nudos rápidos, nudos marineros, lazos dobles, técnicas geométricas, métodos de velocidad, métodos de firmeza. Caminamos por la vida sin sospechar la diversidad de soluciones para un problema tan pequeño como asegurar un zapato al pie.

Y aun así, cuando encontramos la forma que nos enseñaron —sea torpe, elegante o improvisada— solemos aferrarnos a ella toda la vida. Es una costumbre que se transmite sin que lo advirtamos, como si al atar los cordones también reforzáramos un lazo invisible con quienes nos enseñaron a hacerlo.

¿Será que, sin saberlo, nos atamos los cordones como lo hacían nuestros padres, nuestros abuelos, y los suyos antes que ellos? Quizá en cada nudo que hacemos persiste un eco de sus manos, un fragmento de memoria que se repite de generación en generación. Un gesto simple, sí… pero que une, sostiene y acompaña nuestros pasos por el mundo.

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