sábado, 29 de noviembre de 2025

 EL SENTIDO DE LA VIDA

Nacemos sin saber, sin pedirlo, como la semilla que cae al azar sobre la tierra. Un llanto inaugura nuestro tiempo, pero nadie nos entrega un mapa. ¿Y si el viaje fuera más importante que el destino?

Vivimos preguntando, tanteando el aire, recogiendo migas de respuestas que se deshacen en la boca. El mundo parece girar ajeno a nuestras dudas, pero en el fondo, todos preguntamos lo mismo.

¿Para qué nacemos? ¿Para qué vivimos? ¿Acaso somos una chispa que se enciende y se apaga, sin haber quemado nada, sin haber dejado calor?


Los días se suceden como cuentas en un collar invisible. Algunos brillan, otros se opacan. Pero todos llevan nuestra respiración, nuestra huella, aunque no la veamos.

El propósito, si existe, no viene impreso en la piel ni en las estrellas. Hay quienes lo buscan en dioses, en libros antiguos, en la ciencia o en el amor. Otros lo inventan cada mañana.

Pero vivir sin propósito, ¿es vivir menos? Quizás la falta de sentido absoluto sea la invitación a crearlo nosotros mismos, como se crea una canción de la nada.

Cada decisión, cada palabra, cada gesto, cae en el tejido invisible del mundo. Y como una piedra en el agua, forma ondas que llegan más lejos de lo que creemos.

Nuestro comportamiento no es solo nuestro. A veces, un acto de bondad cambia una vida entera. A veces, una indiferencia también.

Somos fragmentos de otros, y otros son fragmentos de nosotros. En cada historia que tocamos, dejamos una letra, una pausa, un acento.

Vivir es, en parte, asumir esa responsabilidad: que nuestras acciones no mueren con nosotros, sino que se quedan girando como ecos, como semillas.

Y si el sentido fuera justamente eso: tocar la vida de otros, aunque no lo sepamos. Cambiar un destino sin saber que lo hicimos.

No todos dejarán una estatua, un libro, una revolución. Pero todos dejamos algo: un recuerdo, una mirada, una presencia que marcó.

A veces creemos que caminamos sobre agua, sin dejar huella. Pero incluso el agua recuerda. Incluso el aire cambia cuando lo atravesamos.

Y si al final no hay un único objetivo, sino millones, como estrellas dispersas. Y cada uno elige cuál seguir, cuál convertir en su norte.

No hay mayor tragedia que vivir sin hacerse preguntas. Porque es en la duda donde el alma se despierta, donde empieza la búsqueda.

Y si el sentido no está dado, si no hay respuesta única, eso no es desesperanza. Es libertad. Libertad para escribir nuestra propia historia.

Vivir, entonces, no es encontrar un significado, sino construirlo. No es dejar huellas en la piedra, sino en los corazones. Porque quizá, en el fondo, el único sentido de la vida… sea amar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario