sábado, 29 de noviembre de 2025

EL PAÍS EN LLAMAS.

Arde la península, y con ella arde el silencio cómplice.
Los montes, abandonados durante años, se convierten en piras que iluminan la negligencia.

Cada llama es un grito de la tierra, una sílaba ardiente que se clava en nuestra conciencia. Pero seguimos sordos, entre discursos huecos y promesas incumplidas.

Los bosques no arden solos: los condena la falta de inversión, la dejadez sistemática. Los senderos cubiertos de maleza son chispas esperando turno.

El cambio climático ya no es futuro ni teoría: es humo que se mete en los pulmones. Y mientras tanto, se niega lo evidente con un cinismo insultante.

Arde la flora, que debería ser patrimonio de nuestros hijos. Arde la fauna, que huye despavorida hacia ninguna parte.

Arden casas, recuerdos, pueblos enteros que se borran del mapa. Arden reservas naturales, tesoros universales que deberían ser intocables.

¿Dónde están los responsables? De vacaciones, de fiestas, de bacanales. El fuego no descansa, pero ellos sí, entre brindis y sonrisas.

La tierra nos habla en su idioma de catástrofe: dana, deshielo, fuego, volcán. Cada fenómeno es un aviso, un llanto, un rugido ancestral.

¿Qué más necesitamos? ¿Cuántas cenizas hacen falta para creer lo obvio?
Negacionistas repiten su discurso vacío mientras el aire se vuelve irrespirable.

El planeta no aguanta más, y nosotros seguimos jugando a la política mezquina. La eternidad no existe, pero algunos actúan como dioses de barro.

La humanidad se desangra en su propia soberbia. Qué asco de humanidad, que destruye lo que la sostiene.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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