viernes, 28 de noviembre de 2025

 

EL ASEO DIARIO


Cada mañana se levanta la misma rutina, como un reloj sin alma que, sin embargo, nos exige pulcritud.

El cuerpo, que apenas ha despertado, ya es llamado al juicio de la higiene, como si el sueño lo hubiera manchado de pecado.

Nos miramos al espejo con ojos vencidos, reconociendo el rostro de un náufrago que aún no ha tocado tierra.

Cepillar los dientes no es un acto heroico, pero se siente como tal cuando el alma aún bosteza.

La ducha, ese diluvio obligatorio, no cae con frescura sino con mandato.
Frotarse el cuero cabelludo es retarle al tedio, esperando que con la espuma se lave también el hastío.

El jabón se desliza como una obligación suave, sin pasión, sin gloria. Solo deber.

Cada parte del cuerpo reclama atención como un niño caprichoso en medio de una fila eterna.

Y qué decir del secado, esa ceremonia sin honor ni recompensa.

Luego viene la danza de cremas, perfumes, ungüentos prometedores que huelen a industria más que a humanidad.

Afeitarse es el ritual de guerra sin batalla, rasgando el rostro como quien borra una firma que vuelve cada día.

Las uñas, esas lunas tercas, hay que limarlas, cortarlas, suplicarles orden.
Peinarse no es moldear el cabello, es negociar con él como con un rebelde sin causa.

Ropa limpia, como si el cuerpo sucio no pudiera ser amado. ¿Y si un día me visto de mí mismo, sin filtros?

Hay días en que quisiera oler a bosque salvaje y no a jabón con nombres franceses.

Pero el mundo exige presencia higiénica, como si ser pulcro fuera sinónimo de ser bueno.

Así que cada día, uno se baña también del cansancio de tener que parecer humano para ser aceptado

 

¿DISCUSIONES?

En toda relación de pareja, las discusiones son inevitables y pueden ser saludables siempre y cuando se manejen adecuadamente. Sin embargo, durante estas discusiones puede haber tanto verdad como mentira en lo que cada parte dice.

Por un lado, es importante reconocer que cada persona tiene su propia perspectiva y su propia verdad. Cada uno tiene sus propias experiencias, emociones y pensamientos que influyen en su percepción de la situación. En este sentido, lo que una persona dice durante una discusión puede ser cierto desde su punto de vista y es importante respetar esa perspectiva. Es fundamental escuchar activamente al otro, sin interrumpir ni juzgar, para poder entender su punto de vista y llegar a una solución satisfactoria para ambos.

Por otro lado, en algunas discusiones de pareja puede haber mentiras o tergiversaciones por parte de alguna de las partes. Estas mentiras pueden ser por miedo a la reacción del otro, por vergüenza, por proteger a alguien o para evitar enfrentar la realidad. Las mentiras pueden ser tanto verbales como no verbales, como cuando alguien evade una pregunta o cambia de tema para evitar hablar de algo que no quiere admitir.

Es importante que ambas partes sean honestas y transparentes durante las discusiones de pareja, incluso si lo que tienen que decir es difícil o incómodo. La honestidad es fundamental para construir una relación basada en la confianza y la comprensión mutua. Cuando alguien miente o tergiversa la verdad, erosiona la confianza y hace que la otra persona se sienta traicionada y herida.

En resumen, en las discusiones de pareja puede haber tanto verdad como mentira. Es importante reconocer que cada persona tiene su propia perspectiva y su propia verdad, pero también es fundamental que ambas partes sean honestas y transparentes durante la discusión para construir una relación basada en la confianza y la comprensión mutua. Escuchar activamente y tratar de entender la perspectiva del otro puede ayudar a resolver los conflictos de manera efectiva y fortalecer la relación.

 

CONTRA EL OLVIDO Y EL REGRESO DEL FASCISMO

Olvidamos demasiado pronto.

Olvidamos que el fascismo persiguió, torturó, desapareció, silenció.
Olvidamos que hubo gritos en las cárceles, libros quemados, ideas prohibidas, cuerpos tirados en cunetas.

Olvidamos que las libertades se conquistaron con sangre, con huelgas, con valentía.

Hoy, mientras las derechas avanzan disfrazadas de modernidad, lo que está en juego es exactamente lo mismo:

Libertad, justicia, derechos. Dignidad.

El fascismo de ayer hoy viste de traje, sonríe en televisión, se presenta como "sentido común".

Pero detrás de sus palabras pulidas está la misma agenda:
Recortes, represión, odio al diferente, desprecio a lo público, criminalización del pobre.

No es nuevo. Ya lo vimos. Ya lo vivimos.

Hoy, en países como Argentina, vemos cómo el discurso reaccionario se convierte en política de Estado.

Los derechos retroceden. La miseria avanza. El autoritarismo se normaliza.
¿Vamos a permitir lo mismo aquí?
¿Vamos a avalar con nuestro voto a quienes se burlan del feminismo, de los sindicatos, de los jóvenes, de los mayores?

La clase trabajadora no puede aliarse con sus verdugos.
Las mujeres no pueden entregar sus conquistas a quienes las niegan.
Los jóvenes no pueden hipotecar su futuro por un puñado de mentiras.
Los pensionistas no pueden volver a tiempos donde sobrevivir era una lucha diaria.

No hay excusas. No hay inocencia en el olvido.

Quien vota a la derecha ya sabe lo que vota.
Y quien lo hace, no puede arrepentirse después como si no lo hubiera sabido.

Porque cuando los derechos desaparecen, ya es tarde para lamentos.
La historia no se borra. Pero puede repetirse.
Y esta vez, si vuelve el fascismo,

no será porque llegó solo: será porque lo dejamos entrar.